Geografías ordinarias: Cuidado, violencia y extractivismo agrario en el «posconflicto» colombianoTiempo: 39'

Resumen

La guerra y el extractivismo están profundamente entretejidos en los espacios agrarios en Colombia. Casi cuatro años después de la firma de los acuerdos de paz entre el gobierno nacional y la guerrilla de las FARC, las geografías del postconflicto están caracterizadas por el despojo sostenido de poblaciones locales tras el afianzamiento y la expansión del extractivismo. A partir de trabajo etnográfico llevado a cabo en el Caribe colombiano sobre las prácticas y los espacios cotidianos de la reproducción social, que definimos como geografías ordinarias, este artículo explora las prácticas de cuidado atravesadas por el género y su papel en el mantenimiento y la irrupción de la violencia paramilitar y el extractivismo agrario. El enfoque, no solo en los efectos generizados de la guerra y el extractivismo, sino también en el papel constitutivo del género en la configuración de estos procesos y dinámicas, nos permite contribuir a la literatura reciente sobre el extractivismo, el despojo y la violencia desde un punto de vista feminista.

Palabras clave: geografías ordinarias, género, cuidado, extractivismo, despojo,
guerra, Colombia

Introducción:

Localizada en el caribe colombiano, Montes de María es una región donde las complementariedades de la guerra han desembocado en un paisaje violento y complejo. Durante las últimas dos décadas, el control paramilitar ejercido a través de masacres, violencia sexual, tortura, desplazamiento forzado y confinamiento sirvió para la implementación y rápida expansión de las plantaciones de palma aceitera (Bargent 2011; ILSA 2014; Verdad Abierta 2018). Introducida a través de subvenciones estatales y fomentada por la creciente demanda de alimentos y agrocombustibles a finales de la década de 2000, la expansión de las plantaciones de palma aceitera ha desempeñado un papel central en el actual despojo de las poblaciones locales campesinas, afrodescendientes e indígenas.

Estos vínculos entre la violencia paramilitar, el extractivismo agrario y el despojo se profundizaron tras la desmovilización parcial y controvertida de grupos paramilitares en el 2005, y fueron facilitados por el acaparamiento masivo y fraudulento de tierras y la rápida legalización de los predios despojados (Grajales 2011; ILSA 2012; Verdad Abierta 2012). Tras el acuerdo de paz firmado entre el Gobierno Nacional y el más grande grupo guerrillero, las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), en 2016, la presencia de pequeños grupos paramilitares, supuestamente desmovilizados, que protegen los intereses de las economías agroindustriales (Defensor del Pueblo 2015) va de la mano con el afianzamiento de un orden agro-capitalista. A través de un truco perverso de considerar la pacificación militarizada como la paz (Olarte-Olarte 2019), las plantaciones de palma aceitera en Montes de María son retratadas por los medios oficiales y mediáticos como un caso exitoso de desarrollo en el postconflicto. Sin embargo, la precariedad del trabajo asalariado, el cercamiento de la tierra y la contaminación y apropiación de las fuentes de agua locales revelan las paradojas del supuesto posconflicto colombiano.

Como demostraremos a continuación, el género juega un rol fundamental en el engranaje entre la guerra y el extractivismo1 Entendemos el género como constitutivo del orden social (Arango y Viveros 2012; Scott 1986). Más que un epifenómeno de otros ejes de poder y diferenciación, nos centramos en el papel del género en la articulación de sistemas de dominación entrelazados. En particular, en relación con el medio ambiente, prestamos mucha atención a la forma en que los sujetos de género y las naturalezas de género se constituyen mutuamente (Harris 2006; Nightingale 2006; Rocheleau et al. 1996). También exploramos cómo esta constitución mutua se materializa en geografías desiguales de uso y control de la tierra, el agua y el monte, entre otros elementos vitales..  Los paisajes producidos por el extractivismo agrario en Montes de María, encarnan puntos de intersección, así como formas relacionales de la violencia, la cual, tiene efectos desproporcionados y diferenciados en los cuerpos, prácticas, relaciones y espacios feminizados2Entendemos la violencia en términos amplios como manifestaciones procesales y continuas de «situaciones de injusticia que están incrustadas en los marcos sociales, culturales, legales y económicos de la sociedad» y que conducen a daños individuales y colectivos (Davies 2019:5). Siguiendo a Lloyd (2009), este enfoque va más allá de la dicotomía guerra-paz, concibiendo más bien la violencia en relación con cuestiones de poder y equidad. En este sentido, la violencia incluye, pero no se limita, a los intentos intencionados de brutalización, ya sea mediante el despliegue de la fuerza física o mediante otras formas de agresión psicológica o simbólica. También se relaciona con la naturalización discursiva y material de los daños producidos socialmente (Lloyd 2012) y con las fuerzas estructurales y políticas que permiten la existencia de brutalidades graduales (Davies 2019). . A pesar de que estas expresiones sean sutiles, y, generalmente obviadas, la violencia marca de modo constante la realidad material, simbólica y afectiva de las mujeres en su relación con la palma aceitera (Ojeda et al. 2015). Para quienes viven en medio de estas plantaciones, la violencia de la ocupación paramilitar (en su duración continua) se «pliega» a la vida ordinaria en el presente (Das 2007), normalizando maneras particulares de violencia especializada y de género introducidas por el control paramilitar. Además, su continuidad naturaliza las formas en que las prácticas de cuidado y reproducción social de género son clave para las operaciones espaciales cotidianas, tanto de la guerra como del extractivismo agrario.

Con el fin de esclarecer cómo estas continuidades espaciales toman forma, y a través de las espacialidades de género de la vida ordinaria, nos centramos en las geografías ordinarias de Montes de María, entendiéndolas como las prácticas, las relaciones y los eventos espaciales aparentemente sin incidentes a través de los cuales las personas habitan el mundo de una «manera que se da por sentada» (Das 2015:71; Pain y Smith 2008). Las geografías ordinarias ponen en primer plano los elementos mundanos que dan forma a las experiencias y prácticas espaciales, así como las formas en que se diluyen en las historias de las personas.  Aunque está presente en el desarrollo continuo de lo cotidiano, lo ordinario no es una cuestión temporal. Más bien, tanto los ritmos cotidianos como los momentos singulares de perturbación pueden ser vividos y narrados a través de la experiencia material y el registro epistemológico de lo ordinario.

En este artículo, utilizamos un enfoque etnográfico para interrogar las interacciones o entrelazamientos espaciales -las continuidades, contradicciones y superposiciones- entre las geografías del control paramilitar y las plantaciones de palma aceitera en Montes de María durante las últimas tres décadas. Una «sensibilidad etnográfica» fundamentada en la crítica feminista abre nuestros registros a los aspectos estéticos, afectivos y mundanos de la vida y el lugar (Berman-Arévalo, de próxima publicación). Además, gracias a un enfoque geográficamente sensible, nuestro uso de la etnografía revela procesos dinámicos y relacionales de creación de espacios (Hart 2004), por los que los paisajes agrarios, los territorios geopolíticos, el pueblo, el espacio doméstico y los cuerpos están interconectados, se constituyen mutuamente y se resignifican y reapropian constantemente en las historias, prácticas y relaciones de los individuos y colectivos que habitan el espacio violento (Tsing 2005:ix).

Las prácticas de cuidado basadas en el género y sus espacialidades son, por tanto, el núcleo de las geografías ordinarias que se exploran en este artículo. Más allá de los efectos de género de la guerra o el extractivismo, sostenemos que el género es constitutivo de dicho orden espacial. Llamamos la atención sobre dos aspectos: por un lado, la constitución de la violencia a través del espacio (Springer y Le Billon 2016), arrojando luz sobre las configuraciones que desdibujan las fronteras entre guerra y extractivismo (Peluso y Watts 2001; Ulloa y Coronado 2016; Vélez-Torres 2014). Aquí nos interesa especialmente reconocer las operaciones de violencia situadas histórica, geográfica y culturalmente (Tyner et al. 2014). Siguiendo la geopolítica feminista, nos proponemos fundamentar la violencia en las operaciones de poder y opresión de género específicas del lugar, atendiendo a las formas en que las mujeres de Montes de María experimentan e impugnan la violencia desde sus experiencias subjetivas y experiencias encarnadas específicas (Fluri 2009; Fluri y Piedalue 2017; Hyndman 2010). Por otro lado, la importancia de los órdenes espaciales del género en el mantenimiento de relaciones multiescalares más amplias de violencia y capital (Katz 2001; Werner 2016; Wright 2006). Por último, nuestro enfoque en las geografías ordinarias nos permite vislumbrar sutiles interrupciones en la lógica territorializadora de la guerra y el extractivismo agrario. A medida que las prácticas de género se territorializan, se abren espacios para el conflicto, la negociación, la resignificación y la resistencia; encontrando un espacio de maniobra en medio de las grietas que las prácticas de cuidado ponen al descubierto.

Nuestro análisis se basa en el trabajo etnográfico y de colaboración realizado en Montes de María entre 2013 y 2018. Nos centramos en particular en Marialabaja, un municipio predominantemente afrodescendiente en el noroeste de la región. Si bien situamos nuestro presente etnográfico en una coyuntura disputada de extractivismo «posconflicto», nuestro compromiso con las historias y prácticas cotidianas de las comunidades que viven en medio de la palma aceitera nos llevó a situar el presente en relación con historias más largas de cambio violento. Al estar en sintonía con las formas ordinarias en que las mujeres «tejen» la vida a través de las relaciones sociales y espaciales (Das 2007:161), el propio ordinario se convierte en un registro epistemológico que revela los prolongados tiempos y espacialidades del conflicto armado y el extractivismo.

Al poner en primer plano las cosas, las prácticas, las relaciones y los espacios que son conocidos y predecibles, lo ordinario puede convertirse en un ámbito de acción y creación de conocimiento, que da espacio a las personas para actuar sobre las condiciones violentas. De este modo, las geografías ordinarias de la violencia (tal y como las entendemos en nuestro trabajo) descentralizan el miedo, el daño o el terror en la creación de espacios y lugares. De este modo, nuestro uso de la noción supera la idea de «geografías del terror» o «paisajes del miedo» (Oslender 2007, 2008), poniendo en primer plano el trabajo de creación de vida que sigue teniendo lugar en condiciones de violencia. Las geografías ordinarias implican, pues, una política ordinaria de creación de espacio y sostenimiento de la vida. También implican la necesidad de prestar atención a la desposesión, no sólo en términos de «grandes momentos estructurales violentos de cercamiento», sino como «un proceso incremental y oculto de erosión de la capacidad de reproducción social que está en curso en la vida cotidiana de las poblaciones marginadas» (Fernández 2017:18).

Este artículo está organizado en cinco partes, además de esta introducción. En primer lugar, ofrecemos una amplia historia del conflicto armado en Marialabaja para entender el auge de las economías extractivas en las últimas décadas. Al centrarnos en las geografías ordinarias del extractivismo y la violencia, ofrecemos una lente analítica alternativa para entender su relación, que atiende a sus dimensiones espaciales desde una perspectiva cotidiana. Las dos secciones siguientes analizan el papel de los géneros en la configuración de la violencia extractivista actual en Marialabaja. Allí presentamos dos puntos de entrada etnográficos a las geografías ordinarias de la ocupación paramilitar y de las plantaciones de palma aceitera, respectivamente. Las prácticas de las mujeres en el suministro de agua, la preparación de alimentos, el lavado de ropa y el cuidado de los niños en los espacios del hogar, la aldea y la plantación, y entre ellos, revelan cómo estas geografías ordinarias del cuidado operan dentro de un régimen territorial violento y se ven afectadas por él. Además, sostenemos que son fundamentales para su funcionamiento. En la siguiente sección se analizan las operaciones conjuntas de la violencia y la reproducción social, en particular el cuidado, en la medida en que configuran las espacialidades de las mujeres y participan, aunque no sea de forma voluntaria, en la reproducción del orden territorial dominante. Finalmente, volvemos a este argumento en nuestra conclusión, donde la lente espacial y de género de nuestro análisis expone la continuación de la violencia directa en los espacios extractivos del posconflicto, así como las formas en que, al igual que el control paramilitar, el extractivismo agrario se basa en geografías violentas, aunque sutiles y normalizadas, del cuidado.

Los enmarañamientos entre la guerra y el extractivismo en Marialabaja

El municipio de Marialabaja se extiende desde el piedemonte noroccidental de los Montes de María hasta los cursos de agua de la llanura que conectan con la costa del Caribe. Situado a solamente 45 millas de la capital del departamento, Cartagena, las fértiles tierras de Marialabaja y sus abundantes fuentes de agua, junto con su privilegiada ubicación entre las ciudades costeras y las montañas boscosas de Montes de María, lo han convertido durante mucho tiempo en un espacio disputado. La historia más reciente de Marialabaja, que fue un lugar privilegiado para el establecimiento de palenques (sociedades de esclavos fugitivos) durante la época colonial, ha estado marcada por los intentos conflictivos de incorporar este territorio rico en recursos a los circuitos nacionales y mundiales del capital. A finales de la década de 1960, la modernización agrícola permitió una forma de territorialización estatal al inscribir a los campesinos negros en esquemas de producción agrícola tecnificada y transformar drásticamente el paisaje mediante la construcción de un enorme distrito de riego (Berman-Arévalo 2019a; Quiroga y Vallejo 2019).

Mapa

Descripción generada automáticamente

Figura 1: Marialabaja y Montes de María en el norte de Colombia (fuente: mapa diseñado por las autoras)

En el contexto de una crisis agraria que emerge como consecuencia de los efectos combinados de las reformas neoliberales del país (Aguilera 2013) y a la incapacidad del desarrollo modernizador de atender las particularidades sociales y culturales de una tradición agraria afrocampesina (Berman-Arévalo 2019a), a finales de la década de 1980 se produjo la llegada del conflicto político armado colombiano al municipio. Las operaciones de las guerrillas izquierdistas Ejército de Liberación Nacional (ELN) y Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército Popular (FARC-EP) dieron paso rápidamente a una estrategia de contrainsurgencia armada, que tenía como objetivo a los miembros de la guerrilla, pero sobre todo a los líderes campesinos y cívicos (Millán 2015). En 1997, un grupo paramilitar confederado, las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), apareció por primera vez en Montes de María, respondiendo a una estrategia de organización y control territorial a nivel nacional en nombre de la contrainsurgencia. Entre 1996 y 2005, toda la región de Montes de María tuvo uno de los mayores índices de victimización del país, con más de 215.000 desplazamientos forzados individuales, 82.000 hectáreas de tierras abandonadas y despojadas, 6.000 asesinatos selectivos y 56 masacres (Acción Social 2010; Grupo de Memoria Histórica 2010).

Como ocurrió en otras zonas del país, los paramilitares buscaron crear un régimen social, económico y político de largo plazo basado en la represión de la protesta social, la instalación de valores sociales conservadores y la defensa de las jerarquías sociales agrarias (Bolívar, 2005; Romero 2000). La ubicación de Marialabaja, el apoyo de las élites económicas y políticas, y el valor productivo potencial de las tierras productivas del distrito de riego, lo convirtieron en un espacio clave para integrar los objetivos militares, sociales y económicos. El control paramilitar sobre las tierras del distrito de riego garantizó su participación en lo que se convertiría en una «contrarreforma agraria» (Grajales, 2011), un proceso masivo de transacciones ilegales de tierras a nivel nacional por el que miles de campesinos fueron obligados a vender sus tierras (Grupo de Memoria Histórica 2010). Según las estadísticas oficiales, 18.000 hectáreas de tierra – casi el 50% de su superficie total- fueron abandonadas o despojadas en el municipio en 2005 (Unidad de Restitución de Tierras 2005). Al amenazar y asesinar a los líderes campesinos, atacar a las organizaciones campesinas y crear un régimen de terror generalizado entre las comunidades rurales de Marialabaja, los paramilitares permitieron la rápida apropiación de tierras por parte de una nueva élite agraria que, según las sospechas de los campesinos locales, está vinculada a las economías del narcotráfico (Berman-Arévalo, 2019b).

En Montes de María, el acaparamiento de tierras ha ido de la mano de la apropiación y privatización del agua para la producción agroindustrial (Verdad Abierta 2018). El acaparamiento del agua se ha materializado a través del cerramiento de pozos y estanques comunales, haciendo uso de cercas privadas, la violencia física contra las personas y los animales de pastoreo, o la presencia de guardias de seguridad asociados a grupos paramilitares (Quiroga y Vallejo 2019). La contaminación del agua por el uso intensivo de agroquímicos para la producción de palma aceitera ha intensificado aún más las dinámicas de exclusión y desigualdad en el acceso local al agua, constituyendo una forma adicional de «acaparamiento» violento de este recurso (Isch 2010).

Al igual que otras regiones tradicionalmente negras de Colombia, el conflicto armado en Marialabaja abrió una nueva frontera destinada a la extracción de recursos naturales. La guerra, como argumenta Escobar (2004), se convirtió en la principal estrategia para la inclusión forzada de espacios y poblaciones negras en el desarrollo capitalista, reflejando la dinámica territorial racializada del conflicto armado colombiano (Cárdenas 2012; Courtheyn 2019; Quiceno 2016; Vélez-Torres et al. 2013). En Marialabaja, el capitalismo, la raza y el género actuaron como sistemas de poder entrelazados que permitieron la apropiación violenta de la tierra y el agua. En particular, como muestra nuestra investigación, el control sobre los cuerpos de las mujeres y el trabajo reproductivo se convirtió en un elemento central para la configuración y consolidación de un régimen territorial, paramilitar y extractivista3 Los cuerpos de las mujeres como campo de batalla han sido ampliamente estudiados dentro del conflicto armado colombiano. La mayor parte de la literatura sobre la violencia de género en el país se centra enormemente en la violencia sexual, incluyendo la violación, la tortura, la esclavitud sexual y la maternidad forzada, dado su carácter espectacular, sistemático y generalizado dentro del conflicto armado (ABColombia et al. 2014; Martínez 2017; Wills Obregón 2011). No obstante, es necesario seguir trabajando desde la perspectiva de la geografía feminista. Tal vez relacionado con el hecho de que, jurídicamente, el uso de la violencia sexual como mecanismo de despojo ha sido difícil de probar (el trabajo de Caicedo y Méndez [2013] en relación con la Sierra Nevada de Santa Marta es una excepción), hay pocos trabajos que aborden cómo se ejerce el control territorial a través del control de los cuerpos feminizados, incluyendo el de las mujeres. Esto ha implicado que un orden patriarcal, homofóbico y transfóbico se haya materializado en regímenes territoriales que apuntan a las mujeres, los niños y las disidencias de género y sexualidad, excluyendo sus «geografías para existir de manera diferente», como bien señala Bello (2018).

Como muestra el caso de Marialabaja, el conflicto armado colombiano creó el escenario perfecto para la consolidación de economías extractivistas en espacios rurales marginalizados. El acaparamiento generalizado de tierras, posibilitado por el control paramilitar y la desocupación forzosa, allanó el camino para la inserción de las zonas devastadas por la guerra en las dinámicas nacionales y globales de acumulación de capital mediante el establecimiento de monocultivos a gran escala y la minería transnacional (Ballve 2012; Grajales 2015; McNeish 2018)4Las plantaciones de palma aceitera son una forma de extractivismo caracterizada por la rápida expansión de las «fronteras de explotación» a nuevos territorios que antes se consideraban «improductivos» (Svampa 2019). Forman parte de proyectos capitalistas de agricultura industrial que se han intensificado, sobre todo desde finales de la década de 2000, en respuesta al aumento de la presión mundial por los alimentos, los piensos y el combustible, y a través de dinámicas generalizadas de acaparamiento de tierras y agua. Al igual que otras formas de extractivismo, el extractivismo agrario se basa en la extracción de «enormes volúmenes de recursos naturales, que no se procesan en absoluto o solo muy parcialmente y que se destinan principalmente a la exportación según la demanda de los países centrales» (Acosta 2015:12). Como señala McKay (2017), implica el deterioro tanto de la naturaleza como de las condiciones laborales. Investigaciones recientes en América Latina han señalado la dependencia del extractivismo agrario de la disposición de las poblaciones locales, así como sus perversas consecuencias sociales y ambientales (por ejemplo, Alonso-Fradejas 2015; Leguizamón 2016; Silva Santiesteban 2018). Para un análisis feminista del extractivismo agrario, véase Ojeda (de próxima publicación). Además, en la región, el afianzamiento del extractivismo se ha apoyado en la violencia estatal y paraestatal para la pacificación del conflicto socio ambiental (Foro LASA 2019; Oxfam International, 2016)..  A este respecto, la expansión y consolidación del extractivismo agrario en una supuesta era de «posconflicto» ha implicado la militarización, la vigilancia y las continuas violaciones de los derechos humanos destinadas a reprimir los crecientes conflictos sociales (Hernández 2019; Vélez-Torres 2014). Investigaciones recientes dilucidan los enredos entre el Estado, el capital y la violencia armada que subyacen a la apropiación territorial para las empresas extractivistas en Colombia (Díaz Moreno 2016; Quiceno 2016; Quiroga 2016), América Latina (Ezquerro-Cañete 2016; Mingorría 2017; Silva Santiesteban 2018; Silveira et al. 2019) y en otros lugares del Sur global (Le Billon 2012; Peluso y Watts 2001). Al explorar las ambigüedades de las reacciones políticas locales al extractivismo en contextos de violencia paramilitar (Sankey 2016), la rutinización del conflicto territorial violento en los sitios extractivos (Warnaars 2013), y los impactos desiguales de la violencia extractivista sobre las mujeres y otros sujetos feminizados (Meertens y Stoller 2001; Petzl, de próxima publicación; Solano 2015; Ulloa 2016), la investigación sobre las intersecciones entre el extractivismo y la violencia han identificado, cada vez más, las operaciones entre la violencia directa y estructural (de género y raza) y de la desigualdad, la explotación y el sufrimiento en los esfuerzos extractivistas.

Sin embargo, se ha prestado mucha menos atención teórica a las dimensiones espaciales de la violencia extractivista desde una perspectiva cotidiana. Para entender la relación entre el extractivismo y la violencia, sostenemos que es necesario contar con relatos matizados que arrojen luz sobre las maneras en que el espacio y la violencia se constituyen mutuamente. Además, como se argumenta en la creciente literatura sobre las geografías de la violencia, una sensibilidad espacial a la violencia ayuda a desentrañar sus operaciones dinámicas y procesales (Springer y Le Billon 2016). La consideración de los «lentos» lazos temporales de la violencia (Nixon 2011) -sus transformaciones y manifestaciones superpuestas, sus historias más largas y sus duraciones continuas (Das 2007; Davies 2019)- es particularmente relevante para entender los enredos temporales y geográficos entre la guerra y el extractivismo. A medida que las múltiples formas de violencia se fusionan en el presente, también lo hacen sus manifestaciones espaciales. El despojo gradual y sostenido que caracteriza la rápida expansión de la agroindustria en Colombia produce continuamente paisajes cotidianos que sedimentan historias más largas de acciones paramilitares y desigualdades estructurales, y que, sin embargo, se actualizan por medio de prácticas ordinarias (Ojeda 2016). Además, los regímenes espaciales forjados por y a través de la violencia no son homogéneos ni absolutos (Berman-Arévalo 2018). Por lo tanto, es fundamental abordar las «grietas territoriales» para comprender las prácticas cotidianas a través de las cuales se impugnan los órdenes socioespaciales dominantes y se subvierten potencialmente en el día a día.

Como mostraremos, las geografías de la palma aceitera no solo sedimentan historias violentas de despojo y desplazamiento, sino que ellas mismas se asemejan y reconfiguran los regímenes espaciales del control paramilitar. En las dos secciones siguientes analizaremos el papel del género en la configuración de estas geografías.

Paracos en casa

Las visitas a la casa de Celia eran habituales mientras una de nosotras vivía en Paloaltico, un pequeño pueblo vecino a uno de los depósitos de agua del Distrito de Riego, en 2015. Durante las visitas, Celia y su marido, Alberto, compartían historias sentados en su cocina abierta, que daba a un patio adornado con un jardín casero y una variedad de árboles frutales. Era difícil creer que hace menos de 15 años, entre 2002 y 2003, ese mismo patio trasero había servido de campamento paramilitar.

«Detrás de la reja de palo que ves ahí,, lo único que se veía era ese ‘verdeo’, todos esos uniformes de camuflaje. Allí limpiaban sus armas, colgaban sus hamacas, ahí dormían. Mi patio era prácticamente su casa«, explicó Celia. Luego señaló una hendidura en una de las vigas de madera de la cocina: «¿Ves eso? Es un hueco de bala. ¿Te imaginas una bala perdida atravesando esta cocina? Estábamos todos comiendo aquí, y mi hijo Juancho acababa de levantarse para pedir más. Te digo que me hubiera dado un infarto si esa bala hubiera matado a mi hijo«.

Cuando aproximadamente 100 hombres paramilitares del Bloque Canal del Dique ocuparon Paloaltico, las geografías ordinarias de sus habitantes se convirtieron en potenciales sitios de violencia y hostigamiento. Al igual que ocurrió en otras partes del país, los espacios de patios, veredas, plazas, caminos y esquinas del pueblo fueron constantemente vigilados, y se impusieron restricciones sobre cuándo y cómo podían ser utilizados, limitando así la movilidad espacial/territorial y las prácticas espaciales cotidianas. Las limitaciones espaciales se afrontaron tanto con miedo como con resistencia creativa. Por ejemplo, las vendedoras, que dependían de la circulación continua por las vías entre los pueblos para su subsistencia diaria, idearon formas de seguir caminando y vendiendo al mismo tiempo que se protegían de la dinámica del conflicto. Estas incluían simplemente «mirar hacia otro lado» para evitar la identificación por parte de los grupos armados o «actuar como ignorantes» para evitar ser instrumentalizadas o acusadas como informantes de contrincantes. 

El hogar, tradicionalmente la base de poder territorial de las mujeres (Franco 2004), se convirtió en un territorio en disputa. Los paramilitares entraban con frecuencia en los hogares para suministrar alimentos y refugio, exigiendo a las familias, y en particular a las mujeres, que atendieran sus necesidades. La invasión del espacio doméstico era también un acto territorializador simbólico que transmitía el mensaje de que la dominación paramilitar no tenía límites. El agujero de bala en la cocina de Celia fue un recordatorio del colapso arbitrario de las fronteras entre el hogar como espacio de cuidado y un sitio de violencia y muerte.

Cuando los paramilitares ocuparon la casa de Celia, no solamente trastocaron un orden espacial y simbólico del hogar como espacio feminizado de cuidado (hooks 1991) y un espacio de refugio asociado a la familia y al poder materno (Franco 2004). También insertaron el hogar de Celia en las geografías más amplias de la violencia política. Los marcadores físicos de la presencia paramilitar, como las mochilas o los uniformes en el porche de su casa, fueron percibidos como signos que daban a la casa una identidad particular como colaboradores paramilitares y, por tanto, los ponían en riesgo de sufrir represalias de la guerrilla. Celia explica:

Lo peor que hacían era que ponían todos esos maletines sucios en la puerta de mi casa. Yo me imaginaba: Ay Dios mío, ahora que  se vayan estos van a llegar los otros [refiriéndose a la guerrilla de las FARC] a hacerme pedazos. Les advertí a los muchachos que tenían que cuidarse porque tal vez iban a pensar que yo era cómplice, los de «allá arriba» [el cuartel general de la guerrilla ubicado en las montañas], pensarían que Alberto, los muchachos y yo estábamos cuidando a los paracos.

Con este acto, los paramilitares realizaron un doble movimiento territorial. Por un lado, transgredieron una frontera culturalmente sancionada que protegía el hogar de los espacios exteriores y de las disputas territoriales violentas. En este sentido, las prácticas de cuidado en el hogar se volvieron funcionales a las dinámicas territorializadoras de la guerra. Por otro lado, los paramilitares insertaron este hogar particular en el territorio abierto de la violencia política armada, haciéndolo visible y, por lo tanto, vulnerable a las represalias de la guerrilla. Fueron, de nuevo, las manifestaciones materiales ordinarias de cuidado -la expectativa de que Celia lavara sus uniformes- las que permitieron que la «geopolítica extraordinaria» de la guerra colapsara con sus geografías ordinarias (Pain y Smith 2008).

La invasión paramilitar del hogar se tradujo en peticiones periódicas de comida, agua o servicios domésticos. Los paramilitares exigían a las familias que regalaran sus cerdos o gallinas. A las mujeres se les ordenaba lavar la ropa, cocinar o hacer café. A pesar del comportamiento intimidatorio de los paramilitares, las familias a menudo se negaban a realizar estas tareas. En estos casos, se produjeron disputas verbales en las que los lugareños explicaban la injusticia de «pedir comida a los pobres» o simplemente pedían a los paramilitares que «mostraran algo de respeto». Como gestoras del espacio doméstico, fueron las mujeres las que con mayor frecuencia y de forma directa desafiaron a los paramilitares por estos asuntos. De hecho, las mujeres desempeñaron un papel clave en el restablecimiento de los límites de protección y cuidado en torno al hogar y a sus cuerpos. Para Celia, estas luchas eran algo cotidiano:

Uno de ellos se dio cuenta que yo le tenía  miedo. La verdad es que él sabía que no gustaba de él. A veces, cuando veía que tenía el caldero en el fogón, llegaba y me decía que les hiciera café. Y yo: ¿Café? ¿Qué café ni qué nada? ¡Estoy cocinando mi comida! Y me hacía bajar el caldero. Pero yo igualito siempre me portaba guapa.

A partir de estos actos dignos de «heroísmo femenino» en el contexto de la guerra, las mujeres insistieron en afirmar cierto grado de poder sobre el hogar (Theidon 2007). Al negarse a ceder el control sobre los espacios y las prácticas ordinarias de reproducción social, las mujeres se disputaron las expectativas de género de los paramilitares, como la idea de que las prácticas de cuidado de las mujeres estuvieran al servicio de las necesidades de los miembros de estos grupos armados. Las geografías ordinarias se convirtieron en terrenos de disputa, fundamentalmente, sobre la posibilidad de que el cuidado sea funcional a la perpetuación de la territorialización violenta y, en este sentido, que el espacio del hogar no solamente se inscriba en la geopolítica de la guerra, sino que sea indispensable en la configuración de las geografías de la violencia.

El vaso de agua

A medida que el control paramilitar se transformó en la agroindustria de la palma aceitera en Marialabaja y otros sitios del Caribe colombiano, las exclusiones espaciales basadas en el miedo, provocadas por los toques de queda, las restricciones espaciales explícitas o los encuentros no deseados con los grupos armados, dieron paso a las vallas, los guardias de seguridad y la ocupación física de los espacios de sociabilidad y movilidad por las plantaciones de palma aceitera. Además, con la expansión de la palma, las mujeres han terminado por ocupar los márgenes del trabajo productivo, generalmente relegadas a las actividades peor remuneradas dentro de la cosecha del fruto de la palma aceitera o desplazadas a actividades que incluyen el trabajo doméstico y sexual en los centros urbanos cercanos. Su mayor dependencia del dinero y de los hombres se ha traducido a menudo en mayores índices de violencia de género, dentro y fuera del hogar.

La confiscación de los espacios de las mujeres, incluyendo las parcelas y los pozos de agua donde se realizaba el trabajo productivo y reproductivo, resulta fundamental para entender los procesos de despojo en curso en la región y su carácter generizado. Las restricciones a las movilidades cotidianas han tenido efectos particularmente generizados, ya que interrumpen los itinerarios espaciales cotidianos que hacen posible la participación de las mujeres en las economías familiares y confinan cada vez más sus cuerpos al hogar. Lo que se ha perdido con la reconfiguración de género de las geografías locales no son solamente los espacios dedicados al trabajo productivo y reproductivo, sino los espacios de sociabilidad e intercambio de conocimientos de género. En este sentido, las dinámicas de exclusión y encierro espacial/territorial no solamente han reducido la participación de las mujeres en las economías agrarias fuera del hogar, sino que también han limitado las posibilidades de reunirse alrededor del apoyo mutuo y la solidaridad.

No obstante, los espacios domésticos no pueden reducirse a estas experiencias de alienación y encierro. Como mostramos en la sección anterior, el hogar, incluso en las circunstancias más difíciles, es un espacio disputado. Aquí pretendemos examinar las espacialidades superpuestas y los límites borrosos entre el hogar y la plantación.

Entre 2013 y 2018, un proyecto de investigación sobre el acaparamiento de tierras y agua en la región incluyó varias visitas a La Suprema, un pequeño pueblo cerca de uno de los canales del distrito de riego, que, en su momento, se construyó para los cultivos de arroz y ahora sirve principalmente a la superficie de tierra, aparentemente interminable, cubierta por la palma aceitera. Un día, en julio de 2014, una de nosotras, como parte de un pequeño grupo de investigadoras, estaba sentada fuera de la casa de Lucía, en un estante de techo de metal corrugado rodeado por palma aceitera. Su casa, como muchas otras casas de campesinos en Montes de María, estaba tomada por la palma, casi ahogada en medio de tan vasto y denso desierto verde. Era un día muy caluroso y húmedo, con temperaturas superiores a los 40 grados. Todo el mundo se quejaba, refiriéndose a que era la palma la que hacía subir las temperaturas. «Las raíces hacen esa especie de colchón ¿ves? Y luego las hojas atrapan el aire… es un infierno ahí dentro«, nos decía Livis, una joven que había trabajado como pepera. Las peperas son mujeres que entran en la plantación y trabajan recogiendo los frutos de la palma aceitera que caen de los racimos, que los hombres cortan, recogen y llevan a los carros impulsados por animales de carga que transportan los racimos de palma aceitera a la planta de procesamiento. Van sin protección, suelen ser contratadas por trabajadores masculinos (sus familiares o parejas) y se les paga por peso. Las peperas apenas ganan un poco más de dos dólares americanos por una jornada completa de trabajo, y eso cuando no les piden que lo hagan como un favor para sus seres queridos.

Livis y Lucía, al igual que otras mujeres de La Suprema, se encargan casi exclusivamente de realizar el trabajo de cuidado que subsidia la economía de la plantación: cocinar, limpiar, cuidar a las y a los niños, entre otras actividades, que garantizan que sus compañeros, hijos, hermanos y padres puedan realizar su trabajo en la plantación. Ocupan los márgenes de la economía y los espacios de las plantaciones, junto con muchas otras mujeres que han visto ampliada su jornada laboral remunerada y no remunerada. Las plantaciones no solamente han aumentado la distancia que tienen que recorrer para encontrar agua, sino que también tienen que trabajar más horas fuera de casa para conseguir dinero para comprar alimentos en una economía cada vez más monetizada. Las campesinas como ellas suelen dedicarse a trabajos esporádicos como la venta de pescado y tamales de maíz, la limpieza de casas o la venta de billetes de lotería en los centros urbanos cercanos.

Las fornidas hojas de la palmera arañaban constantemente el techo metálico ondulado de la casa de Lucía mientras hablábamos. El sonido nos recordaba el chirrido de las tizas cuando rozan una pizarra. «¿Sabes que tuvimos que cambiar el tejado de paja por el de metal tras el desplazamiento?«, nos dice, refiriéndose a cómo los paramilitares quemaron su antiguo tejado para hacer que ella y sus hijas salieran de su casa para luego amenazarlas y hacer que se fueran. «¿No puedes cortarlo un poco?«, sugirió ingenuamente una de nosotras, a lo que ella respondió rápidamente: «… ¡Y que me maten!«. La palma aceitera en su tejado no solamente es un recordatorio constante de la violencia paramilitar que la trajo a ella y a su familia, a La Suprema, y del encierro y el aprisionamiento que han producido las plantaciones, sino que también es la principal razón por la que los campesinos de La Suprema no tienen agua. El acaparamiento de agua en Montes de María se ha producido como parte de la producción deliberada de la escasez de agua por parte de los monocultivos de palma aceitera, teca (entre otras plantaciones madereras), piña y arroz. No solamente se desvía activamente el agua, para que la palma aceitera esté siempre regada, sino que también se ha envenenado; y mientras La Suprema se encuentra justo al lado de una planta de purificación del acueducto de Marialabaja, las mujeres y los niños tienen que hacer fila con sus cántaros y negociar con el guardia de seguridad para que les haga el favor de llenarlos con agua.

La casa de Lucía está cerca de uno de los canales del distrito de riego, pero ella, como muchos otros campesinos y pescadores del Caribe colombiano, insiste en que el agua ha sido envenenada por el glifosato que ayuda a mantener la palma tan viva y verde. Y, como ella señala, «cuanto más verde es la palma, más secos están los cultivos de ñame y yuca«.  Este doble mecanismo de despojo, por cercamiento y envenenamiento, se traduce en hambre, pero también constituye un asalto a los espacios de socialización de las mujeres y a los espacios de juego y recreación de los niños, como es el caso de los pozos de agua, las orillas de los ríos y los pantanos. Los canales junto a la casa de Lucía son testimonio de los legados tóxicos que los paisajes y los cuerpos arrastrarán durante generaciones.

El roce constante de las hojas de palma sobre el techo de Lucía señala así formas más amplias de intrusión de la economía extractiva en el hogar. La drástica reconfiguración de las prácticas domésticas, las rutinas, las expectativas y los espacios que trae consigo la plantación revela las dimensiones ordinarias de la desposesión en curso en Marialabaja. A la inversa, las prácticas de cuidado traspasan la plantación, llevando el hogar a esos espacios. Como mostramos anteriormente, el trabajo realizado por las peperas está fuertemente moldeado por las relaciones de género que las sitúan, no como trabajadoras contratadas, sino como jornaleras ocasionales que trabajan bajo la tutela de sus familiares y parejas masculinas. Además, como ya se ha mencionado, muchas de ellas trabajan sin remuneración, ya que su trabajo se cataloga como «ayuda». El cuidado es, por tanto, una pieza central en el rompecabezas de la captación de valor del que dependen las plantaciones de palma aceitera y, al mismo tiempo, tiene el potencial de estropearlo.

Era casi mediodía y el calor se hacía insoportable. Vimos a un joven, trabajador de la plantación, salir de la palma aceitera, con aspecto desesperado, sediento, claramente deshidratado. Según nos cuentan, la deshidratación es un problema de salud importante para los trabajadores de la palma aceitera. «Es como si estuvieras atrapado allí y en el calor… de un momento a otro, no te das cuenta, te golpea«. Los niños corrieron y le dieron un vaso de agua. Se lo bebió inmediatamente. Era un vaso de la misma agua que escasea en La Suprema y que apenas se gana.

El vaso de agua marca los entrelazamientos de las geografías ordinarias del cuidado y la violencia extractivista. El trabajo de cuidados de niños, niñas y mujeres, materializado en ese vaso de agua, subvenciona la plantación al mismo tiempo que introduce los cuidados en ella. Las redes de provisión de cuidados que representa el vaso de agua interrumpen y permiten las formas relacionales de violencia sedimentadas en los paisajes de las plantaciones de palma aceitera. El vaso de agua permite, al mismo tiempo, disputar un régimen territorial violento basado en el miedo, la desposesión y la toxicidad situados y encarnados. Es en este doble rasgo, en las continuidades y en las disrupciones, donde queremos hacer hincapié. Por poco importante que parezca, el vaso de agua no es solamente la expresión del trabajo social reproductivo que mujeres y niños realizan sin remuneración ni reconocimiento y del que luego se apropia el capital. Para ese hombre, marca la línea entre la vida y la muerte. El vaso de agua puede mantener la plantación en funcionamiento, pero, al mismo tiempo, también desafía su corrosiva incompatibilidad con la vida.

Cuidados, violencia y extractivismo agrario

Al estar los cuerpos de las mujeres sometidos a exclusiones y encierros espaciales, el hogar se convierte en una manifestación simbólica y material de las espacialidades/territorialidades restringidas del trabajo de género. En las narrativas etnográficas presentadas anteriormente, el hogar es el locus de las prácticas de cuidado que se entrelazan con las economías agro-extractivas y la geopolítica paramilitar; pero, al mismo tiempo, el hogar existe «en las grietas» de los regímenes territoriales violentos, constituyendo un espacio de disputa sobre el significado y la materialidad del cuidado y la violencia de género. La violencia abierta de la ocupación paramilitar transita suavemente hacia el extractivismo, dando forma a la violencia sutil y normalizada del cuidado bajo un régimen espacial extractivista. En este régimen violento, los cuerpos, el trabajo y el conocimiento de las mujeres se consideran prescindibles, a pesar de su centralidad para el mero sustento de la vida. Esta supuesta “desechabilidad” entrelaza el cuidado y, al mismo tiempo, las actividades de cuidado que dan forma a esas «grietas» abiertas por las mujeres en un orden espacial asfixiante.

Poniendo la reproducción social y más concretamente los cuidados en el centro de nuestro análisis, llamamos la atención sobre el papel del trabajo, las prácticas y los ritmos feminizados como parte de las bases materiales y simbólicas tanto de la guerra como del capitalismo. Además, utilizando sus geografías ordinarias como punto de entrada, pretendemos contribuir a los trabajos recientes sobre las dimensiones de género de la desposesión, una cuestión que sigue siendo marginal dentro de la creciente literatura sobre la acumulación por desposesión. Por un lado, nuestro trabajo apunta a las experiencias de género de la desposesión (Elmhirst et al. 2017; Levien 2017; Li 2017; White y White 2012), y a sus formas de resistencia de género (Hart 1991; Leguizamon 2019). Por el otro lado, enfatiza el papel constitutivo del género en los procesos de despojo, un tema menos estudiado (Carney y Watts 1990; Fernández 2017; León Araya 2017).

A partir de nuestra investigación en Marialabaja, hemos visto que las geografías estratificadas de la reproducción social cuestionan radicalmente la frontera producción/reproducción y sus manifestaciones en el espacio (Meehan y Strauss 2015; Mitchell et al. 2004). En un sentido amplio, la reproducción social abarca los recursos, las relaciones, los procesos sociales y los acuerdos que sostienen la vida y hacen posible el mantenimiento de la sociedad. Esto incluye la reproducción de los cuerpos, el trabajo de subsistencia, así como la reproducción de un orden sociocultural. En su definición de la reproducción social como «la materia carnosa, desordenada e indeterminada de la vida cotidiana«, Cindi Katz (2001) señala las formas en que la acumulación capitalista depende del trabajo de género, llamando nuestra atención sobre prácticas y geografías del cuidado fundamentales, pero en gran medida dadas por sentadas. La provisión de cuidados -incluyendo la maternidad, la cocina, la limpieza, la atención a los enfermos y el tratamiento de los traumas y la muerte- es un campo de trabajo altamente devaluado y normalmente asignado a las mujeres, incluso por medios violentos. En este sentido, las relaciones de poder desiguales son relevantes para el mantenimiento de lo social en el ámbito de los cuidados (Lawson 2008).

El cuidado de los paramilitares y de los trabajadores de las plantaciones constituye un conjunto de prácticas de cuidado ambiguas: el cuidado está constituido por relaciones de interdependencia entrelazadas, al mismo tiempo que es central para el mantenimiento de un orden social opresivo (Arango et al. 2018; Esguerra Muelle et al. 2018; Tronto 2016). Y si bien el cuidado debe jugar un papel central en contextos de transición a escenarios de posconflicto en relación con la garantía de prácticas de reconocimiento, dignidad y reparación (Meertens 2018), el cuidado y la violencia no son dos esferas distintas y contrapuestas. Más bien, existen múltiples conexiones y superposiciones entre ellas (Martin et al. 2015; Terry 2017; Williams 2015), como muestran nuestros relatos etnográficos.

Las geografías ordinarias que hemos examinado señalan el papel constitutivo del género en la implementación de las plantaciones a gran escala y, más concretamente, en los procesos de desposesión en curso tras ellas. A partir de nuestra investigación etnográfica, argumentamos que las relaciones, prácticas, expectativas y espacios de género son clave tanto en el sostenimiento como en la interrupción de la guerra y el extractivismo. Específicamente, nuestro análisis de Montes de María señala las formas en que el cuidado termina tanto subsidiando como impugnando la violencia paramilitar y extractiva. Más allá de una simple apropiación del espacio privado por parte de los paramilitares y las plantaciones, argumentamos que el cuidado se enreda profundamente con la guerra y el extractivismo. A través de estas complejas articulaciones, termina contribuyendo a hacer posible un régimen violento. Por supuesto, esto no ocurre voluntariamente ni sin contradicciones. Pero es precisamente en estas ambigüedades y contradicciones donde se abren las posibilidades de imaginar y promulgar maneras de subversión, ruptura y resistencia.

Conclusiones

«Paracos en casa» y «el vaso de agua» hablan de las espacialidades enredadas de la violencia y el cuidado en Montes de María, señalando además el carácter generizado de la guerra y el extractivismo. Las geografías ordinarias de la distribución del agua, la preparación de alimentos, la lavandería y el cuidado de los niños no sólo se ven afectadas de forma dramática por un régimen territorial violento, sino que son fundamentales tanto para su mantenimiento como para su potencial interrupción. Sostenemos que a través de estas continuidades e interrupciones de la violencia y el cuidado podemos entender mejor el funcionamiento de la guerra, el extractivismo y la pacificación en Colombia. El cuidado atraviesa las espacialidades entrelazadas de la violencia y la palma aceitera: en la medida en que sus territorializaciones condicionan las geografías ordinarias de las mujeres, como en el caso de la reconfiguración del hogar y el acceso limitado al agua, las geografías ordinarias del cuidado se vuelven centrales para sostener tanto las espacialidades del extractivismo como la geopolítica «extraordinaria» del conflicto armado. Las operaciones de cuidado, a menudo esperadas, no reconocidas e incluso forzadas, son fundamentales para colapsar la división entre los espacios domésticos de cuidado y los de la plantación y el campo de batalla.

El hecho de situar el conflicto armado y el extractivismo en las geografías ordinarias del cuidado nos permite repensar la relación entre violencia, espacio y género más allá de la aplicación unidireccional de la fuerza sobre los cuerpos y espacios de las mujeres. Operando a través de prácticas y eventos ordinarios, las espacialidades de la violencia se enredan con las relaciones sociales y espaciales de género a través de las cuales se sostiene la vida cotidiana. En esta interacción, las violencias de género se concretan y normalizan a través de las demandas y expectativas de cuidado, lo que a su vez convierte el trabajo feminizado en una condición de posibilidad para el funcionamiento de regímenes espaciales violentos. Asimismo, el propio espacio configura y profundiza la violencia de género, ya que la reconfiguración de las geografías ordinarias de las mujeres -exclusiones espaciales, desposesión y confinamiento- marginan aún más a las mujeres de las economías agrarias e interrumpen los espacios de solidaridad y apoyo de género.

A pesar del papel central de la reproducción social en el mantenimiento de la guerra y el capitalismo, las geografías del cuidado no pueden entenderse exclusivamente en términos de su funcionalidad para el mantenimiento de un orden espacial violento. Las prácticas de cuidados, que son fundamentales para fomentar la interdependencia y la crianza, y que generalmente están relacionadas con espacios feminizados controlados por mujeres, son también arenas de negociación y subversión. En este sentido, las geografías del cuidado también pueden operar en las fisuras de los regímenes territoriales violentos, ya sea utilizando el lugar del hogar para desafiar la arbitrariedad de la violencia armada o estableciendo cruces entre el hogar y la plantación para subvertir la lógica explotadora del capitalismo agrario. Aunque la violencia de las incursiones armadas y de las plantaciones de palma parece abrumadora, las prácticas de cuidado han sostenido eficazmente la vida entre ellas. El vaso de agua, por insignificante que parezca, marca una línea entre la vida y la muerte. Lo mismo puede decirse de las prácticas de cuidado que mantienen a los niños alimentados, una casa limpia y tratan el dolor, la intoxicación y el trauma en un contexto como el de Montes de María.

Más allá de sus efectos, argumentamos que el género es constitutivo de la dinámica territorial, ya sea del extractivismo o del conflicto armado. Al desdibujar los límites entre la guerra y el extractivismo, la óptica de las geografías ordinarias de género tiene importantes implicaciones en la forma en que entendemos el despojo, ya que su carácter continuo, sutil y cotidiano se hace más evidente al poner en el centro la reproducción social. En este sentido, nuestro argumento también señala cómo el despojo en curso del «posconflicto» en Colombia actualiza modos relacionales e interseccionales de violencia, dentro de las cuales el género ocupa un lugar central.

Agradecimientos

Queremos agradecer a las mujeres y los niños que han compartido con nosotros su tiempo, sus espacios, sus experiencias, sus historias y sus conocimientos teóricos durante todos estos años. Esta investigación ha sido posible gracias a la financiación de la Escuela de Postgrado de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill, la Fundación Interamericana/Instituto de Educación Internacional y la Pontificia Universidad Javeriana. Una versión preliminar de este trabajo fue presentada y discutida en la Conferencia 4S 2019. Queremos agradecer a los presentadores de la sesión y a los asistentes por sus preguntas y comentarios. También queremos agradecer a cuatro revisores anónimos y a Andrés León Araya por su cuidadosa lectura y sus acertadas sugerencias. 

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Notas

Notas
1  Entendemos el género como constitutivo del orden social (Arango y Viveros 2012; Scott 1986). Más que un epifenómeno de otros ejes de poder y diferenciación, nos centramos en el papel del género en la articulación de sistemas de dominación entrelazados. En particular, en relación con el medio ambiente, prestamos mucha atención a la forma en que los sujetos de género y las naturalezas de género se constituyen mutuamente (Harris 2006; Nightingale 2006; Rocheleau et al. 1996). También exploramos cómo esta constitución mutua se materializa en geografías desiguales de uso y control de la tierra, el agua y el monte, entre otros elementos vitales.
2 Entendemos la violencia en términos amplios como manifestaciones procesales y continuas de «situaciones de injusticia que están incrustadas en los marcos sociales, culturales, legales y económicos de la sociedad» y que conducen a daños individuales y colectivos (Davies 2019:5). Siguiendo a Lloyd (2009), este enfoque va más allá de la dicotomía guerra-paz, concibiendo más bien la violencia en relación con cuestiones de poder y equidad. En este sentido, la violencia incluye, pero no se limita, a los intentos intencionados de brutalización, ya sea mediante el despliegue de la fuerza física o mediante otras formas de agresión psicológica o simbólica. También se relaciona con la naturalización discursiva y material de los daños producidos socialmente (Lloyd 2012) y con las fuerzas estructurales y políticas que permiten la existencia de brutalidades graduales (Davies 2019). 
3  Los cuerpos de las mujeres como campo de batalla han sido ampliamente estudiados dentro del conflicto armado colombiano. La mayor parte de la literatura sobre la violencia de género en el país se centra enormemente en la violencia sexual, incluyendo la violación, la tortura, la esclavitud sexual y la maternidad forzada, dado su carácter espectacular, sistemático y generalizado dentro del conflicto armado (ABColombia et al. 2014; Martínez 2017; Wills Obregón 2011). No obstante, es necesario seguir trabajando desde la perspectiva de la geografía feminista. Tal vez relacionado con el hecho de que, jurídicamente, el uso de la violencia sexual como mecanismo de despojo ha sido difícil de probar (el trabajo de Caicedo y Méndez [2013] en relación con la Sierra Nevada de Santa Marta es una excepción), hay pocos trabajos que aborden cómo se ejerce el control territorial a través del control de los cuerpos feminizados, incluyendo el de las mujeres. Esto ha implicado que un orden patriarcal, homofóbico y transfóbico se haya materializado en regímenes territoriales que apuntan a las mujeres, los niños y las disidencias de género y sexualidad, excluyendo sus «geografías para existir de manera diferente», como bien señala Bello (2018).
4 Las plantaciones de palma aceitera son una forma de extractivismo caracterizada por la rápida expansión de las «fronteras de explotación» a nuevos territorios que antes se consideraban «improductivos» (Svampa 2019). Forman parte de proyectos capitalistas de agricultura industrial que se han intensificado, sobre todo desde finales de la década de 2000, en respuesta al aumento de la presión mundial por los alimentos, los piensos y el combustible, y a través de dinámicas generalizadas de acaparamiento de tierras y agua. Al igual que otras formas de extractivismo, el extractivismo agrario se basa en la extracción de «enormes volúmenes de recursos naturales, que no se procesan en absoluto o solo muy parcialmente y que se destinan principalmente a la exportación según la demanda de los países centrales» (Acosta 2015:12). Como señala McKay (2017), implica el deterioro tanto de la naturaleza como de las condiciones laborales. Investigaciones recientes en América Latina han señalado la dependencia del extractivismo agrario de la disposición de las poblaciones locales, así como sus perversas consecuencias sociales y ambientales (por ejemplo, Alonso-Fradejas 2015; Leguizamón 2016; Silva Santiesteban 2018). Para un análisis feminista del extractivismo agrario, véase Ojeda (de próxima publicación). Además, en la región, el afianzamiento del extractivismo se ha apoyado en la violencia estatal y paraestatal para la pacificación del conflicto socio ambiental (Foro LASA 2019; Oxfam International, 2016).