Entre la ética del cuidado y el cuidado como desarrollo: transformación de las prácticas de cuidado de las madres comunitarias en el marco de la Estrategia de Cero a Siempre Tiempo: 22'

Autoras:
Marcela Alvarado Londoño, María Paula Arenas Ortiz1Estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. (Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea, Teopoco. Universidad Nacional de Colombia). y Sofía Jaimes Beltrán 2 Politóloga, Especialista en Acción Sin Daño y Construcción de paz. Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea, Teopoco. Universidad Nacional de Colombia.

Resumen

El tránsito de Hogares Comunitarios a Centros de Desarrollo Infantil bajo la estrategia «de Cero a Siempre», implicó tensiones, exclusiones y rupturas con las labores de cuidado y los tejidos sociales que históricamente crearon las madres comunitarias -ahora conocidas como agentes educativos- en Colombia. Esto debido a la tecnificación del cuidado bajo las nociones productivistas de las instituciones, sustentando que la búsqueda del desarrollo de la primera infancia debería, como consecuencia, llevar al desarrollo a nivel económico del país en un futuro cercano. Lo anterior trae consigo la mercantilización del cuidado, que finalmente continúa perpetuando el empobrecimiento de las mujeres que ejercen  estas labores.

Palabras clave: madres comunitarias, cuidado, desarrollo, Estrategia De Cero a Siempre

Abstract

    The transition from Community Homes (Hogares Comunitarios) to Child Development Centers (Centros de Desarrollo Infantil) under the public strategy «De Cero a Siempre» implied tensions, exclusions and ruptures with care chores and the social ties that community mothers in Colombia, now known as educational agents, historically created. This is due to the technification of care under the productivist notions of the institutions, endorsing that the search for early childhood development should lead, as a consequence, to the country’s economic development in the near future. This brings along the mercantilization of care, which ultimately continues perpetuating the impoverishment of women who perform these tasks. 
Key words: community mothers, care, development, Estrategia De Cero a Siempre

Introducción

La globalización ha logrado inagurar y renovar formas históricas de discriminación y desigualdad, que lejos de cerrar brechas de acceso a derechos, ha reconfigurado y refozado imposibilidades de acceder a ellos. Colombia ha impulsado procesos de tecnificación laboral basados en las lógicas de estandarización del trabajo que han significado la formalización de labores históricas como las del cuidado. Estas lógicas han perpetuado escenarios de exclusión y pérdida de las apuestas vecinales de las mujeres que se han organizado desde allí para acceder a las posibilidades de un trabajo en condiciones dignas, que se traduzca en el reconocimiento por parte del Estado y sus instituciones, de la relevancia de estas labores y de la necesidad de considerarlas integralmente como un trabajo. 

Las madres comunitarias en Colombia son un ejemplo de ello, su lucha desde 1978 hasta la actualidad, se ha enmarcado en la búsqueda del reconocimiento de sus derechos laborales. En un principio, su labor fue descrita bajo el nombre de voluntarias solidarias por parte del Estado, que daba cuenta de la inexistencia de un vínculo laboral directo, por lo cual recibían una bonificación menor al 70% de un SMMLV (Parra, 2015, p. 212) como pago por llevar a cabo la función de brindar programas de educación y cuidado a la primera infancia. Por ello, padecieron condiciones de precarización del trabajo por medio de la figura de los Hogares Comunitarios, haciendo de éste un caso emblemático de las contradicciones expresadas entre género, capital y trabajo. Las relaciones entre la institucionalidad y las madres comunitarias han estado atravesadas a lo largo del tiempo y de múltiples formas por tensiones en relación a la interpretación del género, del trabajo y de las nociones y prácticas de cuidado que han desarrollado desde su lugar social.  

Pese al intento en el marco normativo de reconocer los derechos laborales de las madres comunitarias con la Sentencia T-628, la entrada en vigor de la Estrategia ‘De Cero a Siempre’ en el año 2016 como política de Estado, intensificó las tensiones respecto a las nociones y las prácticas del cuidado. Desde la perspectiva de organizaciones sociales el  Sindicato Nacional de Trabajadores al Cuidado de la Infancia y Adolescentes del Sistema Nacional de Bienestar Familiar (SINTRACIHOBI), el principal obstáculo y amenaza que han enfrentado las madres comunitarias desde 2009, es el desmonte de la figura de los Hogares Comunitarios de Bienestar y su transición a los Centros de Desarrollo Infantil (CDI) (Ramírez, 2015) mediante la cual se configura la privatización de las labores del cuidado. La formalización laboral que pretendía implementar esta estrategia significó la consolidación de parámetros preestablecidos para el cuidado a la primera infancia, vinculados directamente con la cualificación de la mano de obra y/o profesionalización de la atención, la estandarización de las tareas, así como la adecuación de los espacios físicos para seguir desempeñando la labor. Esta formalización se ha traducido en un obstáculo para las madres comunitarias, pues el vínculo con su trabajo se ha visto afectado con nuevas imposiciones técnicas que deben seguir para que éste sea reconocido, adicional a toda la lucha que han llevado a cabo por el reconocimiento de sus labores de cuidado integralmente como un trabajo y la exigencia de su desarrollo en condiciones dignas. 

Estas lógicas de tecnificación del cuidado a la primera infancia en Colombia terminaron por perpetuar el desconocimiento histórico de los entramados sociales y comunitarios en los que se desenvuelven las labores de las madres comunitarias. Además de reducir las nociones y las prácticas del cuidado a la prestación de un servicio desde un enfoque guiado por las lógicas del productivismo que pone en el centro el desarrollo. Esto significa una transformación de los significados del cuidado construidos por las madres comunitarias, que a su vez se traducen en rupturas y tensiones en torno a las interpretaciones sobre cómo se genera bienestar en los infantes y cómo debe darse el cuidado de la vida. Para las madres comunitarias las labores del cuidado están marcadas por una relación cercana con niñxs y familiares, profundamente atravesada por el reconocimiento y el afecto.

Lo anterior termina por configurar las nociones y las prácticas del cuidado como un campo en disputa, en donde se tejen y destejen significados, que para el caso de las madres comunitarias entran en tensión con las lógicas impuestas institucionalmente por la estrategia ‘De Cero a Siempre’. En las teorías feministas se han enunciado  las implicaciones de las labores del cuidado, generando un vínculo directo de estas labores con mujeres empobrecidas históricamente. Así pues, las lógicas de mercantilización y, la profesionalización del cuidado que propone la Estrategia, perpetúa las lógicas del empobrecimiento de las mujeres y, a su vez, significa una transformación sustancial en las nociones y las prácticas del cuidado. 

El presente documento busca hacer evidentes las tensiones y transformaciones de las nociones y las prácticas del cuidado que se ponen en juego en el marco de la transición de las madres comunitarias de los Hogares Comunitarios de Bienestar a los Centros de Desarrollo Infantil a partir de la implementación de la Estrategia ‘De Cero a Siempre’ a través de la revisión de fuentes documentales desde las cuales se puedan reconocer cuáles han sido los cambios sustanciales que se generaron con la transición de las madres comunitarias a los CDI’s y en qué ámbitos se dieron principalmente.

En un primer momento, se expone de manera descriptiva las implicaciones del proceso de tránsito de los HCB a los CDI y sus presupuestos institucionales respecto a la forma de concebir el cuidado y el desarrollo infantil que dan pie al escenario de transición; el segundo momento busca dar cuenta de las transformaciones y las rupturas de las prácticas del cuidado de las madres comunitarias, que se dan en el marco de la tecnificación y profesionalización de sus labores, en función de reconocer cómo la transición bajo la exigencia de la profesionalización configura tensiones, exclusiones y rupturas en la forma de concebir el cuidado y sus prácticas asociadas,  para finalmente en un tercer momento, exponer de manera crítica en un diálogo con las teorías feministas del cuidado, las tensiones en relación a las nociones de las prácticas del cuidado pensadas desde la perspectiva del desarrollo y las perspectivas comunitarias.

Del tránsito de Hogares Comunitarios a Centros de Desarrollo Infantil:

La política ‘De Cero a Siempre’, creada en el gobierno de turno de Juan Manuel Santos (2010-2018), como Estrategia de Atención Integral a la Primera Infancia, se presenta como el “conjunto de acciones planificadas de carácter nacional y territorial, dirigidas a promover y garantizar el desarrollo infantil de las niñas y los niños de primera infancia a través de un trabajo unificado e intersectorial” desde una perspectiva de derechos (Cartilla De Cero a Siempre, 2012). El inicio de la estrategia implicó la focalización de la población más pobre y vulnerable del país para así desarrollar esfuerzos unificados tendientes a lograr su atención integral (Piñeros, 2016, p. 14)

     Por lo anterior, en dicha estrategia se proyectó una selección de niños que estuvieran activos en las distintas  modalidades de atención del ICBF “(jardines sociales, hogares infantiles, hogares múltiples, hogares empresariales) y modalidades de atención no integral (hogares comunitarios, hogares agrupados, lactantes y preescolares), niños participantes del programa de Atención Integral a la Primera Infancia –PAIPI- y de los convenios especiales (entidades territoriales) del Ministerio de Educación Nacional y niños sin atención” (Piñeros, 2016), los cuales, deberían a futuro, estar cubiertos por la propuesta de Atención Integral de la política ‘De Cero a Siempre’. 

Aquí la atención integral se relaciona con la importancia de reconocer a los niños y las niñas como sujetos de derecho. Así, la política de infancia con la Ley 1098 de 2006 del Código de Infancia y Adolescencia, dispone en su artículo 29 que el desarrollo integral en esta etapa de la vida, debe priorizar la nutrición, la protección, la salud y la educación inicial de los menores. A partir de entender los anteriores como derechos impostergables que deben ser garantizados con el fin de contribuir al mejoramiento de su calidad de vida (Jaramillo, 2009, p. 8), se buscó la articulación de lo local a lo nacional, con instituciones como el Ministerio de Educación Nacional, el Ministerio de Salud, el SENA, el ICBF, entre otras, que contribuyeran directamente con el tránsito de la educación informal a la educación formal. 

Este tránsito a la formalidad por parte de la población infantil priorizada se llevó a cabo por medio de la migración de los Hogares Comunitarios de Bienestar a los Centros de Desarrollo Infantil (Cartilla De Cero a Siempre). Estos últimos tienen como objetivo funcionar como entornos educativos enriquecidos, con unas características particulares que respondan a la protección, la seguridad, la accesibilidad,  la comodidad y la infraestructura como primordial para el adecuado funcionamiento y desarrollo de la Atención Integral a la primera infancia (Ministerio de Educación, 2012, p. 6). Entre los requisitos principales para ello se encuentran: 

  1.  La presencia de profesionales en el campo de la pedagogía, del trabajo social y de áreas de la salud y la nutrición, entre otros técnicos y tecnólogos que realicen labores de apoyo. 
  2. Generación de ambientes pedagógicos según las distintas etapas en las que se encuentre la población atendida. 
  3. Un seguimiento médico y  constante de los menores, con la finalidad de reconocer su estado nutricional, sus condiciones de crecimiento y garantizar el valor calórico diario para su adecuado desarrollo.
  4. La infraestructura debe estar adecuada con: puertas, barandas, ventanas, paredes, techos, pisos, rampas y escaleras, número de baños según lxs estudiantes y el personal del CDI.
  5. La existencia de áreas separadas para actividades educativas, recreativas y para ingesta de alimentos.

Estos requerimientos exigidos por las instituciones en el marco de la política buscaban garantizar “que las labores fueran más eficaces y sistemáticas” (Ministerio de Educación, 2013, p. 9), eran complejas de realizar en una casa común en donde históricamente las madres comunitarias han llevado a cabo las labores del cuidado de niños y niñas de primera infancia. Así pues, la transición significó una serie de transformaciones sustanciales en las prácticas del cuidado y los entornos en los cuales se desarrollaban, que lejos de estar pensadas bajo las apuestas vecinales de las mujeres que se organizaron barrialmente para suplir carencias estatales, responden a una racionalidad instrumental y técnica que entiende el cuidado como la prestación de un servicio que debe tender hacia el desarrollo infantil. Lo anterior, basado en lógicas de tecnificación y estandarización que se configuraron bajo parámetros educativos y pedagógicos formales con el fin de cumplir con los objetivos de la Estrategia.    

Además de ello, este tránsito de las madres comunitarias a los CDIs ha generado diversas incomodidades, puesto que se ha llevado a cabo en algunos casos de manera forzosa. Muchas de estas mujeres han tenido que transitar de los HCB en contra de su voluntad (Ramírez, 2015), al ser el tránsito la única alternativa para seguir desarrollando su labor, lo cual significó adecuarse a los diversos requerimientos promovidos por las instituciones encargadas de la implementación y el seguimiento de la Política de Atención Integral.

El cuidado: entre el conocimiento técnico y el saber experiencial

       El tránsito de las madres comunitarias a los CDI’s significó una de las transformaciones primordiales en el marco del hacer de las madres comunitarias. Una de ellas responde a los cambios de los espacios físicos en los cuales se han desarrollado históricamente las labores del cuidado. Frente al requerimiento institucional de responder a la cualificación técnica del espacio para la exclusiva prestación del servicio de Atención Integral a la primera infancia, las viviendas de las madres comunitarias ya no serían lugares óptimos y viables para ello. Al ser las labores del cuidado desempeñadas principalmente por mujeres en condición de empobrecimiento, frente a requerimientos presentados en la política ‘De Cero a Siempre’ tales como la importancia de crear espacios educativos según la etapa de la vida de lxs niñxs, pensadas bajos los distintos ciclos del desarrollo y crecimiento, es imposible el desenvolvimiento de las labores del cuidado en viviendas que -al ser el lugar donde estas mujeres desarrollan su cotidianidad- no cuentan con las facultades técnicas para su desarrollo.

      Al ser las labores de las madres comunitarias reconocidas vecinalmente como alternativas barriales, en el marco de las cuales se gestaban iniciativas educativas para el cuidado de niños y niñas de primera infancia, estas mujeres fueron reconocidas como educadoras comunitarias, que con su labor contribuyeron de manera sustancial a la generación de lazos sociales, vecinales, barriales y comunitarios, que tenían como epicentro sus hogares o viviendas, como los lugares en donde se desarrollaban las labores del cuidado. A continuación se citará un testimonio de cómo las madres desarrollaban su labor: 

“(…) por medio de obras de títeres, por medio del juego, por medio de rondas, por medio de cuentos aprenden enormemente. Usted no tiene que desgastarse en que este… estos colores son así o asá, en que este es el tamaño, en que… no, nada, hasta los valores usted les enseña a esos muchachos por medio del juego y las actividades lúdicas… o sea, aprenden muchas cosas… a desarrollar toda su imaginación”. (Testimonio de Flor Girasol en Osorio, Cortés y Rodas, 2016, p. 47).

Así pues, con la tecnificación de las labores del cuidado y los imperativos institucionales de la cualificación de los espacios físicos para la Atención Integral, estos procesos barriales históricos desempeñados por las madres comunitarias entran en proceso de ruptura y desaparición, al no ser contemplados como esenciales en la formulación de la política de Atención Integral. 

Por otro lado, el ICBF ha establecido un perfil de competencias, habilidades y funciones de talento humano en relación con el cuidado a primera infancia en los CDIs que realiza una distinción clara entre “docente o maestra jardinera” y “auxiliar pedagógico”, estableciendo que cada uno de estos cargos debe cumplir con el requerimiento de ciertos títulos académicos (ICBF, 2014). Las docentes o maestras jardineras deben tener títulos en ciencias de la educación, psicología, terapia ocupacional o del lenguaje y, en el caso de que alguna madre comunitaria quiera ostentar este puesto, debe cumplir con formación técnica en atención integral a la primera infancia por parte de instituciones como SENA o Colsubsidio. Las auxiliares pedagógicas deben ser técnicas en ciencias de la educación o bachilleres pedagógicas y, en el caso de que alguna madre comunitaria quiera ostentar este cargo debe tener, como mínimo, 10 años de experiencia en básica primaria y deben comprometerse a continuar su proceso de formación académica (ICBF, 2014). 

El acompañamiento de nuevos actores para la atención infantil como maestras, maestros o agentes educativos, buscó que desde la formación se puedieran encaminar rutas o estrategias de acción para enriquecer el aprendizaje. Lo anterior con el fin de promover “efectivamente la equidad en las oportunidades de desarrollo para las niñas y los niños de primera infancia” (Alarcón, 2013, p. 170), al ser los profesionales de la salud y la educación quienes cuentan con las mejores rutas o líneas técnicas de acción bajo las cuales se debe desarrollar una Atención Integral -y de calidad-, en una lógica del cuidado guiada por una racionalidad técnica e incluso económica, hacia una finalidad que parece compartida: el desarrollo.

Así pues, la profesionalización de las labores del cuidado hizo más rigurosos los procesos de planeación y pedagogía, al ser ejercidos por un grupo interdisciplinario e institucional que buscaron formalizar y tecnificar la labor. Para las madres comunitarias, la necesidad de cumplir con unas actividades respectivas distribuidas a lo largo del día en horarios estrictos, hacían obligatorio la generación de informes de avances, el desarrollo de largas visitas de evaluación, así como el diligenciamiento de documentos y otros procesos burocráticos  que, a su juicio, les demandaba mucho tiempo y les quitaba atención de su parte hacia lxs niñas y niños a cargo (Aguirre, 2019).

Estas lógicas de tecnificación laboral propuestas por la estrategia, a la vez que proponen una visión unívoca del cuidado y de las prácticas educativas que contribuyen de la mejor manera al desarrollo infantil -al reconocerlas como técnicas-, ha significado un reforzamiento de las lógicas de discriminación a las que han estado expuestas las madres comunitarias, al sobreponer el conocimiento técnico sobre el valor de su saber experiencial. Para las madres comunitarias, el ser los Hogares Comunitarios los escenarios de desenvolvimiento de las labores del cuidado implicó, por un lado, la creación de vínculos afectivos significativos con lxs menores, en los cuales se generarían rupturas en el marco de su transición a los Centros de Desarrollo Infantil. 

A su vez, las labores como madres en el marco de los afectos y el cuidado de la vida constituyó una experiencia vital de suprema importancia afectiva, e incluso existencial, para muchas mujeres (Osorio, Cortéz y Rodas, 2016) que habían constituido su experiencia vital en los significados históricos construidos de lo que significaba para ellas ser reconocidas como madres comunitarias: mujeres que mantuvieron y construyeron un tejido social a partir del apoyo mutuo evitando situaciones de vulnerabilidad en lxs menores. El espacio del hogar comunitario tenía unas implicaciones en la construcción de su rol, su subjetividad y su papel como constructoras de lazos comunitarios. El vínculo que se entablaba entre las madres y lxs niñxs creaba un tejido social donde ellas eran un punto de conexión en la sociedad por la forma en la que llevaban a cabo su trabajo, principalmente por la cercanía que podían a llegar a tener con la familia generando redes de solidaridad (Buitrago, 2015).

Son precisamente estas rupturas en el tejido social y las relaciones de cercanía con lxs niñxs, las madres y padres de familia a las que se enfrentaron las madres comunitarias en el marco de su transición. La transformación en las prácticas del cuidado que se desarrollaron con la migración de los Hogares Comunitarios a los CDI’s, se basaron a su vez en una noción específica del cuidado pensada desde lógicas de tecnificación y estandarización de su desarrollo, que vino acompañada de procesos de exclusión y transiciones obligatorias hacia las mujeres que ejercían la labor de madres comunitarias. 

Estas lógicas reconfiguran refuerzan las discriminaciones históricas que han atravesado las labores del cuidado de las madres comunitarias, bajo una visión que prioriza la inversión económica tendiente a generar el desarrollo infantil, sobre el cuidado desde una perspectiva comunitaria en la que se priorizan valores, “aptitudes y actitudes como la escucha, la paciencia, la tolerancia, la capacidad de sanar y consolar” (Álvarez, p. 20). Desde una perspectiva comunitaria éstas son entendidas como acciones priorizadas en el marco del hacer experiencial en donde se construye tejido social y se privilegia el amor y la alegría.

De la ética del cuidado y del cuidado como desarrollo infantil: 

Las nociones del cuidado que se ponen en juego en el marco de la transición de las madres comunitarias de los HCB a los CDI responden a la lógica de inversión sobre la población infantil en los primeros años de vida, que se popularizó en América Latina a partir del momento en el que organismos internacionales hicieron especial énfasis sobre la necesidad de que en el gasto público exista un presupuesto destinado específicamente a la intervención sobre esta población en particular. En Colombia, este interés aparece anclado directamente a la preocupación por el crecimiento económico y las altos niveles de inequidad, por lo cual, la atención debería estar guiada a cerrar brechas de desigualdad social y pobreza, bajo la premisa de que la inversión en la primera infancia asegura un incremento en la productividad social a futuro, a partir de un aumento del capital humano disponible para el trabajo (Galindo, 2017, p. 234).

Así pues, la inversión institucional buscaría trabajar en torno al fortalecimiento desde la edad temprana de conductas que estén dirigidas hacia un aumento de la generación de ingresos, a partir del interés de construir seres humanos con capacidades productivas desde pequeños. Esto daría vía libre a trabajar por la superación de escenarios de pobreza y exclusión, por medio del uso de recursos educativos dirigidos a familias en situaciones de desventaja social y económica, que aseguraría que “tendremos ciudadanos más capaces, productivos y valiosos que traerán beneficios para nuestra sociedad y las generaciones futuras” (Heckman, 2010, p. 14) y así evitar un aumento en las cargas sociales y presupuestarias, que pueden prevenirse con la focalización del gasto y el acceso integral al desarrollo humano (Torres, 2012).

“La sociedad se beneficia del éxito alcanzado por los niños que logran un desarrollo adecuado y pueden incrementar su productividad, reduce el costo de tratar problemas psicosociales asociados a un desarrollo inadecuado como la delincuencia y otras conductas sociales perjudiciales como el uso de alcohol y drogas, y además reduce la posibilidad de que el niño se convierta en una carga social y de salud pública presupuestaria”. (Banco Mundial, 2002, Prefacio p. V en Torres, 2012).

Es precisamente, esta proyección a futuro la que promueve y encamina la estrategia de Atención Integral de ‘Cero a Siempre’, con el fin de impedir “los costos sociales y económicos que genera un desarrollo infantil pobre, [se procura reforzar] el potencial de las intervenciones tempranas para evitarlos” (UNICEF, 2011 en Ramírez, Bernal, Arias, 2017). Así pues, la estrategia privilegia una concepción del cuidado que, lejos de reconocer la labor histórica desempeñada por las madres comunitarias en Colombia, privilegia las lógicas del desarrollo y la tecnificación y, a su vez, genera escenarios de privatización del cuidado bajo una comprensión de éste guiado por la productividad de la inversión a futuro. 

En ese sentido, esta forma de entender el cuidado a la primera infancia entra en tensión con las apuestas sociales y comunitarias que han tenido lugar en el hacer histórico de las madres comunitarias, en donde el cuidado se comprende como un proceso en donde priman las cargas subjetivas propias de las distintas nociones del bienestar que responden a la ética, en donde se rescata el hacer y el saber experiencial de las madres comunitarias que está atravesado por procesos afectivos que no desestiman la emocionalidad, al ponerla por debajo de la razón o la racionalidad, sino que la privilegia como un factor de suma relevancia para llevar adelante el aprendizaje y el cuidado de los niños y las niñas.

Esteban (2017) propone que el cuidado de lxs menores debe ser un abordaje complejo en que se garanticen las necesidades de quienes son cuidados desde la seguridad física y psicológica, que a su vez promuevan la autonomía, la libertad y se potencie la manera en la que se viven y se expresan las emociones. Teniendo esto en cuenta, en el hacer de las madres comunitarias entran en juego dos formas de comprender el cuidado que lejos de ser excluyentes, se alimentan y se complementan entre sí, al responder a necesidades históricas de las mujeres empobrecidas que se han hecho cargo de las labores del cuidado: del cuidado como trabajo y del cuidado como ética. 

A este respecto, Villafañe (2018) menciona que la comprensión del cuidado como un trabajo, responde a la necesidad de  reflexionar sobre la división sexual del trabajo, que se vincula directamente con el esencialismo de labores que son asociadas por ‘naturaleza’ a cuerpos feminizados y masculinizados. En el mismo sentido, la autora hace evidente la necesidad de avanzar en una reconceptualización del trabajo que no esté dividida por la esfera de lo público y lo privado, que propicie “la recuperación del valor social que tienen los cuidados, no sólo en términos de tiempo o de dinero, sino también a nivel ético”, al ser el cuidado desde donde se ha “cuestionado y profundizado la categoría del trabajo, [se] ha buscado evidenciar y comprender con más amplitud la sociedad, el papel, el valor y la invisibilización de los trabajos de cuidados para la reproducción de la vida social y material” (p. 23). 

Esta recuperación del cuidado como un trabajo en el orden de las madres comunitarias, elimina aquella concepción que entiende sus labores como “solidarias” y/o  “voluntarias”, que a su vez niegan el valor intrínseco del trabajo por el cuidado de la vida, para posicionarlo como un campo en disputa. Respecto la dimensión donde prima la ética del cuidado, éste se comprende como un proceso que está atravesado por los sentimientos y las emociones, donde el énfasis se encuentra sobre la reproducción social de la vida (Álvarez, 2020, p. 20) que a su vez, permite reconocer las implicaciones prácticas del cuidado en relación con: la paciencia, la atención, la escucha activa, el reconocimiento y la preocupación por el bienestar de la otra persona, como dimensiones relevantes que se ponen en juego en las relaciones de cuidado. 

“Esta reflexión despliega a su vez varias consideraciones, la primera de ellas, es que el cuidado está rodeado de una serie de características circunscritas principalmente a los trabajos dados a las mujeres, y dotados de unos valores morales como el amor, la paciencia, la ternura y la felicidad (…) [Ello] invita a entender y resignificar que son las mujeres los sujetos que han explorado con mayor profundidad las significaciones y emociones que circunscriben los ejercicios relacionales tal y como lo es el cuidado, y por ende todos estos valores, emociones y sentimientos pueden encontrarse en las narraciones de los significados que poseen las madres comunitarias sobre el trabajo del cuidado” (Álvarez, p. 48).

Esto, en el marco de las teorías feministas en torno al cuidado, es de vital importancia. Flaquer (2013) menciona en los hallazgos de autoras como Mary Daly y Jane Lewis al puntualizar que el cuidado como actividad conlleva costos de carácter financiero y emocional que llegan a desbordar los límites entre lo privado y lo público, pues independientemente de si estas labores son realizadas de manera voluntarias o no, es casi inevitable el vínculo que se genera en éstas entre la persona cuidadora y la persona cuidada. Por esta razón el estudio de labores de cuidado requieren una mirada detallada, no sólo en relación con el contexto, los factores y las condiciones en las que se desarrollan en el marco de una situación social y laboral, sino también en los afectos y emociones inmersas (Carrasquer, 2013). 

Así pues, estas nociones del cuidado en donde prima su dimensión ética, se escinde radicalmente de la tendencia promovida por entes multilaterales, donde la atención integral a niños y niñas sitúa el cuidado en una lógica de la reproducción social de agentes que al tener un adecuado desarrollo infantil, se convertirán en “adultos productivos que contribuyen al bienestar de la sociedad en conjunto” (van der Gaag, 2005), para posicionar como primordial, no la concepción de lxs niñxs como proyectos que a futuro que contribuyan a la reproducción del sistema imperante, sino una concepción del cuidado que configura haceres y experiencias que buscan generar escenarios de felicidad y bienestar, desde un proceso más familiar y cercano como el desarrollado en el marco del hacer experiencial de las madres comunitarias. 

“Desde la perspectiva de la ética del cuidado, el papel de los sentimientos es recalificado como un conjunto de relaciones y prácticas sociales. Esta recalificación no es reducir su valor, sino comprender sus usos y sus significaciones (Paperman, 2011) en este sentido, comprender los sentimientos y las emociones como “un conjunto de relaciones y prácticas sociales” permiten entender que estos se construyen a partir de las experiencias vividas, y también, que los significados responden a la subjetivización de la construcción colectiva e histórica” (Álvarez, p. 50).

          En ese sentido, esta dimensión ética del trabajo del cuidado remite tanto a las distintas nociones del cuidado y formas de comprender el bienestar social que se dividen entre una forma de concebirlo en función del desarrollo infantil, que está atravesado particularmente por el hacer técnico, la presencia de distintos profesionales de la salud, la educación y la nutrición entre otras, y el hacer desde el aprendizaje propio de la experiencia histórica del cuidado donde prima y se privilegia el amor y la alegría como esenciales para el cuidado de lxs niñxs, que configura procesos comunitarios de reconocimiento del aprendizaje de más de 30 años de experiencia vital como agentes activas en sus comunidades (Giraldo, 2018, p. 59).

Conclusión

    El proceso de transición de Hogares Comunitarios a Centros de Desarrollo Infantil a partir de la Estrategia De Cero a Siempre está impulsado por instancias y dictámenes guiados por los procesos de globalización enfocados en el crecimiento económico neoliberal, al impulsar una visión de desarrollo infantil enfocada en el productivismo y la generación de capital humano para países como Colombia. Esto trae consigo una serie de implicaciones en la noción de cuidado que se lleva a cabo en dichos centros y, por supuesto, en la experiencia del cuidado por parte de las madres comunitarias hacia lxs niñxs, al tener que seguir exigencias formales y técnicas con su trabajo. 

    Por un lado, esto ha representado manifestaciones de exclusión hacia las madres comunitarias, sobre todo teniendo en cuenta que, desde antes de la transición, sus luchas por su reconocimiento laboral y la exigencia de condiciones dignas han sido arduas. Ahora, con la transición a un modelo de tecnificación de sus labores se ven excluidas al dejar de lado las apuestas vecinales y comunitarias que han tejido a través de tantos años, al exigirles una serie de condiciones de tecnificación y obligaciones de formación que no tenían antes y al realizar todo esto de manera forzada y obligatoria. 

    Este proceso exige una serie de discusiones en torno al cuidado en diálogo con los saberes feministas, principalmente por el lugar que ocupa el rol de las mujeres, su exclusión histórica y su proceso de empobrecimiento en este fenómeno. De la misma manera, los aportes en este sentido indican que este proceso y sus marcos de análisis rebasan los límites entre lo público y lo privado y pone en tensión las exigencias institucionales, principalmente por la importancia que debería primar en los procesos subjetivos de las mujeres, su reconocimiento y los afectos y emociones entrecruzados en sus labores y su relación con lxs niñxs. 

    Este trabajo pretende realizar una exploración en la materia por medio de una revisión inicial de documentos de política pública y otras investigaciones hechas en el tema, junto con la revisión de textos de teorías feministas sobre las labores del cuidado, con el fin de construir las bases conceptuales y en términos de estado del arte que sean útiles para investigaciones posteriores. Se espera que este artículo motive más investigaciones, sobre todo de manera más involucrada con trabajo de campo con las madres comunitarias, que permitan dar cuenta de manera más amplia sobre las transformaciones en las labores del cuidado que ha suscitado su transición hacia los CDIs y que, con estos, puedan abrirse nuevas formas de aproximación sobre sus labores y pueda lograrse, desde la academia participativa, un apoyo a las nuevas dificultades de las madres comunitarias. 

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Notas

Notas
1 Estudiante de filosofía de la Universidad Nacional de Colombia. (Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea, Teopoco. Universidad Nacional de Colombia).
2  Politóloga, Especialista en Acción Sin Daño y Construcción de paz. Miembro del grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea, Teopoco. Universidad Nacional de Colombia.