De la invisibilización de las trabajadoras domésticas haitianasTiempo: 24'

Autora Imagen: Restaveks por Julia Spiers

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De la invisibilización de las trabajadoras domésticas haitianas1Traducción a cargo de Andrea Barrera Téllez. ambarrerate@gmail.com

Rose-Myrlie Joseph

El objetivo de este artículo es confrontar ciertos aportes teóricos de Nicole-Claude Mathieu con mi investigación sobre la articulación de relaciones sociales estructurales de sexo, de clase y de raza y la migración del trabajo de las mujeres en Haití y en Francia. Las mujeres campesinas se vuelven trabajadoras domésticas en Puerto Príncipe, lo que permite a sus patronas dedicarse al trabajo no doméstico y acceder a la migración internacional. En Francia, estas, a su vez, se vuelven trabajadoras domésticas y les permiten a sus patronas francesas dedicarse al trabajo no doméstico. Para entender esta cadena de trabajo, de migración y de sustitución, entre 2009 y 2012 entrevisté a cinco categorías de mujeres, en Haití (campesinas, sirvientas2Nota de la traductora [NdT]: Hemos optado por conservar el término “sirvienta” a pesar de su importante carga negativa, pues la autora también usa el de “trabajadora doméstica”. Aunque puedan aparecer como sinónimos nos parece importante respetar esta distinción. y patronas) y en Francia (migrantes haitianas y patronas francesas).

En la primera parte de este texto, apoyándome sobre el relato de vida de 69 mujeres, analizo las estrategias que adoptan frente a la división del trabajo, los diferentes arreglos que les ayudan a «hacer lo que pueden con» las relaciones sociales estructurales de sexo, a no desgastarse o a definir márgenes de maniobra. En un segundo momento, abordo los efectos teóricos y epistemológicos de la relación entre una «mujer negra doctorante migrante haitiana de origen familiar rural y modesto» y las mujeres entrevistadas. Presentaré los resultados de esta postura en la definición de un feminismo materialista interseccional cruzado con un enfoque socioclínico, para la emergencia de una palabra compleja sobre las relaciones sociales estructurales.

Entender Haití

 

Con el propósito de comprender el desclasamiento socioprofesional de las mujeres migrantes haitianas en Francia en su complejidad, estudié el servicio doméstico en Haití y la migración interna que lo nutre; analicé la situación de las sirvientas en Puerto Príncipe y la de sus patronas, así como la particularidad de la vida de las mujeres campesinas susceptibles de convertirse en trabajadoras domésticas en la ciudad.

Las campesinas en Haití

 

Las mujeres campesinas en Haití trabajan en agricultura3Trabajo en el campo, cuidado de la huerta, transformación y almacenamiento de productos agrícolas., ganadería, pequeño comercio, trabajo asociativo, trabajo doméstico y uno de sus principales aspectos: el cuidado de niños y niñas. Estas múltiples actividades corroboran la importancia, destacada por N. C. Mathieu, de las más extendidas limitaciones materiales que pesan sobre las mujeres en beneficio de los hombres: la sobre fatiga, el acaparamiento continuo del cuerpo y del alma por el trabajo y por las y los niños, la ausencia de ocio, la sub-reconstitución energética. Las mujeres con quienes hablé dan cuenta igualmente del débil y diferenciado acceso a las herramientas/medios de producción4En este medio todavía débilmente mecanizado., incluyendo a los colectivos de trabajo agrícola; la asociación de tareas difíciles y poco compatibles (cocina y cuidado de las y los niños precisamente). Ellas denuncian la dureza de su trabajo disperso en una serie de tareas acumuladas y a menudo ininterrumpidas, esfuerzo, sin embargo, subestimado, desvalorizado, e incluso anulado. En una entrevista, una campesina cuenta la historia de un marido que quería cambiar de lugar con su mujer:

Ellos cambiaron sus lugares. La mujer se fue a trabajar. Todo iba bien hasta ahí. Él se quedó en la casa. Tenían dos hijos y los debían mandar al colegio; cuando se iban, para empezar, él debía prender el fuego, hacer el aseo en la casa, ir al mercado, comprar lo que no había en la casa, después debía ir a cocinar, y cuando uno de los niños lloraba, debía arrullarlo, cuando se ensuciaba, debía limpiarlo. También debía bañarlo, vestirlo, ocuparse de la casa, debía hacer un poco de esto y un poco de aquello. Y al final de la jornada escolar, debía ir corriendo hasta el colegio para buscar a los niños. En la tarde, cuando ya estaban en la casa, debía hacerles algo de comer, los debía hacer estudiar, y tenía que hacer muchas otras cosas. Y frecuentemente por las noches, cuando todo el mundo se iba dormir, era en ese momento que debía ponerse a planchar. Él trató de hacer eso alrededor de tres días y después dijo: «mujer, retoma tu lugar. ¡No puedo más!».

Aquí es importante contrastar la centralidad de la división sexual del trabajo y las denuncias de estas mujeres, con su invisibilización en los discursos políticos, científicos o militantes. Las investigaciones sobre el medio rural denuncian, en general, la clase, la raza, la colonialidad, la relación Norte/Sur y, específicamente, lo que llamo la confrontación urbano/rural, analizada en la dicotomía criollos/bossales5Sobre la cuestión criollos/bossales, ver, entre otros, Barthélemy (1989).6[NdT]: El término “bossale” designa, historiográficamente, a las personas racializadas como negras que eran transportadas desde África hasta la colonia de Santo Domingo (hoy Haití), en condiciones de esclavitud. Según Pablo Michelot (2010), los “bossales” serían diferentes a las y los criollos [“créoles”], pues esta población racializada igualmente como negra estaría constituida por personas nacidas en Haití (colonia de Santo Domingo en ese momento) y, de hecho, no se usaba para referirse exclusivamente a las personas racializadas. Ver: http://lencrenoir.com/bossale-ou-creole/2/ . Algunos títulos como El campesino haitiano, de Paul Moral (1978), o El campesino haitiano y su familia, de Rémy Bastien (1951), sugieren que si las mujeres campesinas pueden ser objeto de una página de un capítulo en estas investigaciones, ella «suscitan» un interés secundario en sus estudios en beneficio de quienes serían los más explotados: los campesinos haitianos.

Ahora bien, más explotadas aún son sus mujeres. Todo esto se corresponde con la crítica de N.C. Mathieu de la invisibilización de las mujeres en el análisis de las principales causas de las desigualdades, debido al androcentrismo de estos estudios, sesgo sobre el que volveré más adelante. Hizo falta esperar a que Madeleine Sylvain Bouchereau (1957) integrara la situación de las mujeres haitianas en las investigaciones impregnadas de una interseccionalidad sin el género. En 1986, un análisis materialista del trabajo de las mujeres haitianas fue desarrollado por Mireille Neptune Anglade (1986), incluyendo la situación específica de las campesinas. Esta autora subrayó la migración de estas mujeres hacia las ciudades, éxodo específico que yo invito a considerar en el análisis de la relación urbano/rural, en el que es necesario tener en cuenta no solamente la extorsión de la fuerza de trabajo de los y las campesinas en una agricultura en beneficio de las ciudades, sino también la explotación clásica de la fuerza de trabajo de las campesinas en el servicio doméstico en las ciudades.

Las sirvientas de Puerto Príncipe

 

En su migración, las mujeres campesinas se convierten a menudo en trabajadoras domésticas en las ciudades, a veces desde muy jóvenes, pues son puestas al servicio de una familia. Las sirvientas se ocupan de todos los quehaceres, desde las necesidades domésticas hasta aquellas propias del cuidado, tienen una sobre-dedicación temporal en ese trabajo desvalorizado materialmente y simbólicamente, ganan muy poco, hacen frente a abusos y humillaciones en la relación de trabajo, y quedan poco protegidas por la legislación7El Código de trabajo de Haití -que, por demás, es muy poco respetado- propone, para el personal doméstico, cláusulas particulares, un “régimen especial”. Código de trabajo, ley n°7 (De la mano de obra sometida a un régimen especial), capítulo I (Personas de casa), artículos 254 al 265. El ministerio de la Condición Femenina y de los Derechos de las Mujeres (MCFDF), con el apoyo de algunas organizaciones de mujeres, propuso en 2007 y proyecto de ley sobre este trabajo. El Estado de Haití que, durante mucho tiempo, no determinó un salario mínimo para estas trabajadoras, lo fijó en 125 gourdes (alrededor de 5.000 COP y 1,9 USD [N.d. T]) por la jornada de8 horas (artículo 6 del decreto presidencial del 16 de abril de 2014).. Veremos que concentran su crítica más fácilmente en el servicio doméstico que en la división sexual del trabajo, y que analizan menos que las campesinas la ausencia de hombres en las responsabilidades domésticas, al ceder frente a esta realidad juzgada como injusta pero incambiable, no esperan de los hombres más que una ayuda económica. La invisibilización de estas mujeres trabajadoras en los discursos en Haití se suma a una invisibilización del trabajo en general.

Las patronas de Puerto Príncipe

 

El trabajo de las sirvientas le permite a otras mujeres de Puerto Príncipe integrarse al trabajo informal o al trabajo formal en el que los hombres siguen siendo privilegiados. Comparativamente en relación con Francia, el mayor acceso a la externalización en Haití, la menor nuclearización de las familias, así como la proximidad de las relaciones de vecindad, hacen que la maternidad no aparezca como un obstáculo para el trabajo. Las patronas hablan poco de su trabajo, ocultan las relaciones sociales estructurales de sexo destacando el recurso a la externalización, a veces abordan la división del trabajo en la familia, pero insisten sobre todo en la relación con las sirvientas.

Es necesario señalar la diversidad de situaciones económicas de las patronas, aquellas que son «ricas», aquellas de clases medias acomodadas, aquellas de origen popular, aquellas que son tan pobres que recurren a la fuerza de trabajo gratuita de las y los niños en las casas, las restavèk8Restavèk viene de la contracción de dos palabras rester [quedarse] y avec [con], y designa a los y las niñas que son dejadas por sus familias en el servicio doméstico de otra familia. Estas y estos niños, sobre todo niñas pobres de origen rural, trabajan gratuitamente y sufren diferentes formas de abuso.. El trabajo doméstico de las mujeres patronas varía según su clase, que marca también su relación con la familia y con la pareja, de allí la emergencia de discursos diferenciados sobre las relaciones de trabajo, las relaciones sociales estructurales, la división del trabajo y las estrategias de las mujeres.

Vivencias diferenciadas, discursos diferenciados

 

Todas estas mujeres denuncian la ausencia de hombres frente a las responsabilidades de la familia y las domésticas, pero su relación con la pareja depende de su situación económica. Las más independientes pueden prescindir de los hombres o, al contrario, toleran su irresponsabilidad recurriendo a la externalización; en el caso de las más pobres, algunas son demasiado dependientes del aporte económico de los hombres, mientras que otras rehúsan el riesgo de empobrecimiento que puede constituir la pareja. Las mujeres observan las relaciones sociales estructurales en función de las relaciones sociales [interpersonales] a las cuales están confrontadas regularmente. De allí resulta que el lugar del género en sus discursos depende, paradójicamente, de sus relaciones cotidianas con las mujeres (sus patronas), y por lo tanto de su clase social. Aquí las relaciones de trabajo siguen siendo fundamentales: las campesinas que en el trabajo están principalmente confrontadas a hombres, critican más el género que las sirvientas que están sobre todo confrontadas a mujeres patronas, y, en estas últimas, el discurso está centrado sobre todo en las sirvientas y no tanto así en su trabajo no doméstico.

Adicionalmente, es necesario subrayar el lugar diferenciado del género y de la clase en el discurso, mientras que esas dos relaciones sociales estructurales se articulan. Las sirvientas no cuestionan las relaciones sociales estructurales de sexo ni para entender su dedicación al servicio doméstico, ni para observar la ausencia de hombres patrones que, además, son preferidos a las patronas. Como bien lo ha señalado N. C. Mathieu (1991) a propósito de las mujeres Guisii, «saben bien que es a las mujeres que se les puede tirar piedras, no a los hombres» (p.179). El género es más utilizado por las mujeres campesinas para explicar su trabajo o su vida familiar con esos hombres que todo el mundo compadece pero que las explotan; las sirvientas solo observan la clase en el análisis de su explotación en el servicio doméstico.

Sin embargo, si su situación en el trabajo parece determinar sus discursos sobre el género, las mujeres invocan sobre todo las relaciones sociales estructurales de sexo para analizar la pareja que aparece, entonces, como una fuente de empobrecimiento, especialmente a causa de la paternidad con descuentos9[NdT]: La autora creó y utiliza la expresión “paternité au rabais” en el texto original. Hemos optado por traducirla de la manera más literal posible (paternidad con descuentos). Queda aclarar que la palabra “rabais” significa, literalmente, “descuento” pero en el texto adquiere un significado más complejo y amplio que hace referencia a una paternidad con pocos o ningún compromiso, con pocas responsabilidades asumidas o totalmente irresponsable y ausente; paternidad que implica que puede “tener descuentos” porque toda la (sobre)carga de cuidado y de sostenimiento material de la vida de las y los hijos recae sobre las mujeres.. Ahora bien, estas mujeres pobres deben movilizar esas relaciones de pareja para mejorar su situación económica. Esta ambivalencia de la relación con los hombres está imbricada, a su vez, con una ambivalencia de la relación con las y los niños, que representan la única riqueza de las mujeres pobres, mientras que la maternidad está en el centro de su empobrecimiento.

Entre familia y trabajo

 

En su análisis del trabajo reproductivo, N. C. Mathieu  se remite a Paola Tabet para entender los efectos de la sobre-dedicación física y mental de las mujeres al hacerse cargo de las y los niños; en relación con el trabajo doméstico, este trabajo de cuidado puede estar sobrevisibilizado o invisibilizado en las investigaciones. La crítica de N. C. Mathieu sobre la naturalidad de la división sexual del trabajo me permitió analizar el discurso de las entrevistadas sobre el cuidado de las y los niños.

Esta autora presenta al niño como un «intermediario limitativo en la relación de las madres consigo mismas» (Mathieu, 1991, p.165) y el hacerse cargo de ellos como una discapacidad física y mental, un trabajo mental alienante. Ya Winnicott (1995) daba cuenta del impacto mental de estas actividades para las madres, subrayando la influencia de la socialización en la construcción de la madre suficientemente buena; esta socialización retoma los valores de cuidado y de abnegación analizados en sus efectos alienantes por Gianini Belotti (2016).

Ahora bien, este aspecto del trabajo de las mujeres haitianas sólo entra en la discusión tras miles de preguntas, pues resulta oculto en las descripciones de las campesinas, de las sirvientas o de las patronas (exceptuando en el caso de las más acomodadas); prácticamente no es considerado como una causa de la externalización o de la reducción de los tiempos del trabajo no doméstico, mientras que en Francia es evocado como la principal causa de estos fenómenos. Esta insignificancia del cuidado o esta indiferencia frente al cuidado en los discursos contrasta, sin embargo, con la centralidad de la maternidad en la vida de las mujeres.

N. C. Mathieu critica el desplazamiento habitual que se hace entre la capacidad y el hecho de procrear. Sin embargo, en Haití donde las mujeres populares tienen un débil control de su reproducción, estos dos fenómenos están muy poco disociados; ellas sufren de lo que P. Tabet presenta como una exposición máxima al riesgo de embarazo y que Patricia Hill Collins (2015) critica en la situación específica de las mujeres jóvenes negras. El vientre de estas mujeres haitianas es sobre utilizado como herramienta de trabajo. Ahora bien, N. C. Mathieu (1991) nos recuerda que, tal y como Mies les reprocha a Marx y a Engels, esta parte del cuerpo no entra en consideración en el análisis de la explotación.

Según Tabet, las y los niños son los » productos» (Mathieu, 1991, p.116) de este trabajo, este término un poco inapropiado, sin embargo, no nos debe hacer olvidar que esos embarazos no deseados no conducen necesariamente a las mujeres a descuidar a esos niños. De manera paradójica, ellas pueden incluso dedicarse excesivamente a ellos en respuesta al abandono de los padres. Sería necesario observar los efectos mentales de estos embarazos no deseados en estas mujeres que se muestran dignas y valientes. N. C. Mathieu (1991) critica estos dos valores y recuerda, analizando precisamente la relación de las mujeres con el no pago de la cuota alimentaria, que la dignidad en este caso consolida la irresponsabilidad de los hombres, y distingue dos acepciones en la valentía: «rehusar y soportar» (p.194). Frente a la irresponsabilidad de un hombre-marido-padre, a una mujer haitiana se le dice: ou gen fyèl ! (Sabes enfrentar el dolor). Este «marianismo/dolorismo» (Lucchini, 2002) sobre todo es enaltecido en las mujeres haitianas, y que es lo que Manno Charlemagne critica en la canción Poukisa w pa pale manman?10En Manno Charlemagne (1988). Òrganizasyon mondyal, DaliReel productions, USA.(¿Por qué no hablas/te defiendes, mamá?), con una incomprensión, no obstante, sobre la «no reacción» de las madres: ceder no es consentir, le respondería N. C. Mathieu.

Según P. Tabet, los hombres siguen siendo los beneficiarios del trabajo reproductivo de las mujeres. R. Bastien y P. Moral describen un período en el que los campesinos haitianos esperaban de los hijos e hijas de las mujeres, brazos para hacer fructificar la tierra; actualmente, los hombres no buscan necesariamente este beneficio. Las entrevistadas critican aquellos hombres que exigen uno o más hijos en contraparte por la ayuda económica que le aportan a una mujer, pero en otros casos, los hombres no necesariamente quieren hijos. Ellos conocen los efectos de la falta de control de la procreación, incluso si siguen estando subresponsabilizados frente a las consecuencias de las relaciones sexuales, especialmente cuando abandonan a la mujer embarazada. Es la paternidad con descuento la que crea, en las mujeres, una poliandria/maternidad en serie, pues la mujer abandonada está obligada a buscar otro hombre para que se haga cargo económicamente de la niña o el niño, exponiéndose así a nuevos embarazos. Estos fenómenos son visibles en los árboles genealógicos dibujados por las mujeres entrevistadas.

Resulta fundamental observar los efectos de esta poliandria/maternidad en serie, en la dedicación de las mujeres al trabajo, especialmente en el confinamiento a largo plazo en el servicio doméstico o en un despido. En el caso de las mujeres pobres, el poco acceso a la externalización hace que la maternidad determine el trabajo. Una joven madre campesina se quejaba así de su empobrecimiento causado por su reducción a una sola actividad: jere pitit (encargarse de las y los niños). Una maternidad atrae a otra en un declive del capital sentimental/amoroso/familiar a partir del primer embarazo; como reza el proverbio, Apre pòte, vach pa chè (desde el primer alumbramiento, la vaca ya no vale más mayor cosa). La maternidad en serie complejiza el sentido de la expresión de «reproducción forzada» (Tabet, 1998), y parece determinar el trabajo productivo de las mujeres.

«Todo es entonces un trabajo» (Joseph, 2015, p.92), concluí al reseñar las diferentes actividades de las mujeres campesinas, incluyendo las relaciones sexuales, que es un trabajo en la medida en que el riesgo de embarazo prohíbe el placer, como lo explica una sirvienta de origen campesino al afirmar:

Las ganas de hacer el amor no cuentan, es la miseria la que metes en tu cuerpo.

Asimismo, el coito -considerado por N. C. Mathieu como la única implicación de los hombres en la reproducción- es presentado en el discurso de las mujeres como un arma. De un lado, hay violencias sexuales que inspiran esta expresión de la militante feminista haitiana Magalie Marcelin: Zozo pas zam (El pipí no es un arma). De otro lado, las mujeres critican una forma de la relación sexual ordinaria, compuesta de sufrimiento, y de la cual algunos hombres se sirven para afirmar su dominación. En un sociodrama, las entrevistadas interpretaban una pelea entre un hombre que subvaloraba el trabajo doméstico y su mujer que cuestionaba la idea de una mayor dureza del trabajo en el campo; el hombre indignado replicaba que le haría pagar su atrevimiento por medio de la sexualidad. N. C. Mathieu acertaba al integrar en su análisis esta cita de LeVine (1959: 969): » la concepción del coito como un acto por el cual un hombre triunfa sobre la resistencia de una mujer y la hace sufrir no se limita a la noche de bodas, sino que sigue siendo importante en las relaciones conyugales» (En Mathieu, 1991, p.178).

Si el trabajo es el objetivo de las relaciones sociales estructurales (Kergoat, 1992), mi trabajo de campo confirma que, en este contexto de maximización de los riesgos de poliandria/maternidad en serie, la vida familiar/sexual determina el trabajo. El análisis de la división sexual del trabajo debe tener en cuenta varios factores como la clase, las especificidades familiares ligadas a las estructuras genealógicas y los regímenes de pareja. Entre las contradicciones a las cuales las mujeres deben enfrentarse, se debe recordar su obligación de ocuparse de la familia (hombres y niños) a la vez como un obstáculo y como un bote salvavidas. La familia también es un lugar de trabajo, la pareja un espacio de «intercambio económico-sexual»11Tabet (2004). (trabajo amoroso), las y los niños un seguro de cara a la vejez (trabajo para el futuro). Pero el término trabajo que está en el centro de los diferentes pensamientos feministas, puede resultar limitado frente a estas complejidades.

Invisibilización e instrumentalización del género: el (trabajo de) campo francés

 

Según su situación en el trabajo y la familia, las mujeres sienten con más o menos intensidad los efectos de una u otra relación social estructural. El caso de las mujeres migrantes haitianas en Francia ilustra bien los análisis sobre el confinamiento en el servicio doméstico de las mujeres migrantes pobres y racializadas del Sur (Joseph, 2012). El libro colectivo El sexo de la mundialización (Falquet et al., 2010) profundiza en este fenómeno que toma un aspecto particular en el contexto de la mundialización neoliberal. En el análisis de la relación de trabajo, estas migrantes son insistentes sobre el racismo sufrido por parte de otras mujeres, las patronas francesas. Varios trabajos de feministas negras (Rollins, 1990; Carnéiro, 2005) denuncian esta relación específica del servicio doméstico constituida por confrontaciones entre mujeres, unas que explotan a las otras. Estas autoras reconocen la centralidad de las relaciones sociales estructurales de raza en este tipo de trabajo, lo que permite entender la fijación de las migrantes haitianas en estas relaciones. Sin invisibilizar la clase, es principalmente por medio del racismo  -así como por las confrontaciones Norte/Sur y la colonialidad- que explican su confinamiento en el servicio doméstico. Hay entonces una invisibilización del género que se explica por una fijación en la confrontación directa al trabajo, relación causada (también) por la división sexual del trabajo en la familia de las patronas. Ahora bien, estas migrantes utilizan el género para criticar el trabajo doméstico en sus hogares, pero no el servicio doméstico en casa de sus patronas. Aquí también podemos referirnos al análisis de N. C. Mathieu sobre las disputas entre mujeres que hacen olvidar que el poder de las mujeres consideradas como dominantes, solo expresa, de hecho, la ausencia de poder de las mujeres. Volveremos sobre esta idea para cuestionarla, mientras tanto, agreguemos que, como en el caso de las sirvientas en Haití, las mujeres migrantes solo critican el género y la división sexual del trabajo en el análisis de su vida familiar, ellas piensan que su compañero es peor que el compañero de su patrona (hombre francés blanco de clase media). De donde se desprende una instrumentalización del género utilizado como causa principal de una situación que, sin embargo, está igualmente instituida por las relaciones de clase, de raza, Norte/Sur,…

Las patronas francesas hablan poco del trabajo no doméstico, de la articulación entre su explotación en ese trabajo y su confinamiento al trabajo doméstico. Las tres entrevistadas invisibilizan la división sexual en su trabajo o en su vida familiar, que presentan como normal. De ellas, la mujer con la que más hablé, explicaba las limitantes a la dedicación profesional insistiendo en la elección de las mujeres: elección de trabajar a medio tiempo, de tomar una licencia de maternidad, de tener varios hijos… Con esta frase recurrente, «es mi elección», esta patrona se presentaba como actriz, incluso como sujeto, de una situación que sufre ampliamente. Este caso ilustra bien la crítica de N. C. Mathieu en relación con esta idea de poder de las mujeres que oculta su opresión. En paralelo, estas mujeres explican la sobre-dedicación de su marido al trabajo no doméstico por las exigencias de las empresas: «no tiene elección». Así son exculpados los primeros beneficiarios de la cadena de trabajo y migración; los hombres blancos menos pobres del norte son excusados por sus mujeres e idealizados por las trabajadoras migrantes. La externalización analizada por Glenn (2009) o Kergoat (2005) en sus efectos adormecedores sobre la resistencia de las patronas frente al trabajo doméstico, también tiene efectos sobre la resistencia de las trabajadoras frente al servicio doméstico. Pero la invisibilización o la instrumentalización del género es más útil para las mujeres patronas que para las trabajadoras. Para volver al análisis de N. C. Mathieu sobre el poder de las mujeres explotadoras, si estas mujeres no tienen poder en las relaciones sociales estructurales de sexo, sí lo tienen en otras relaciones sociales. No es entonces la división sexual del trabajo la que explica la externalización o la disputa entre mujeres, sino, sobre todo, la articulación de diferentes divisiones del trabajo (social, étnica, internacional, nacional…).

Más que un feminismo materialista, es un feminismo materialista interseccional el que puede permitir comprender el trabajo de las mujeres. En este nivel, la falla del análisis de N. C. Mathieu reside en el impensado del servicio doméstico, trabajo tradicionalmente reservado a las mujeres más discriminadas (Rollins, 1990; Glenn, 2009). Se podrían utilizar las críticas epistemológicas de N. C. Mathieu para cuestionar la ausencia del análisis del servicio doméstico en su obra, pero me bastará utilizarlas para explicar mi trabajo que articula dos enfoques: la investigación feminista y la sociología clínica.

Una investigación feminista socio clínica

 

N. C. Mathieu observa el lado material de la dominación sin ocultar su faceta mental denunciada por Césaire (2004) y Memmi (2002), y que ella retoma en su crítica del consentimiento. Este aspecto mental has sido igualmente criticado por Fanon (1971) y Guillaumin (1981). Mathieu analiza los determinantes materiales y psíquicos de la conciencia, los efectos mentales de las violencias físicas y de las coerciones/limitaciones (concretas, materiales, intelectuales), del miedo o la dependencia, mejor dicho, de ponerse constantemente al servicio de los otros. La conciencia de las mujeres, invadida por el poder omnipresente de los hombres sobre ellas, es coartada, mediatizada, limitada, adormecida, según los términos de la autora. Hay despersonalización y no se puede considerar a las mujeres como sujetos con una conciencia idéntica a aquella de los hombres. Adicionalmente, al estar ausentes de ellas mismas, sólo tienen acceso a un conocimiento parcial, fragmentado y turbio de las relaciones sociales estructurales de sexo. ¿Cómo pueden ellas participar del conocimiento, como investigadora o persona etnologizada?

La sociología clínica, además de considerar conjuntamente las determinaciones sociales y psíquicas, propone una relación de investigación en la que los dos miembros de esta intersubjetividad son considerados como personas capaces de entender los problemas sociales y pensar el cambio social; es la co-construcción del conocimiento que supone que los y las investigadoras rompen con la postura de expertos y expertas para reconocer a las personas entrevistadas como seres autoteorizantes y autosimbolizantes, según la fórmula de Devreux (1980). Así, suscribiendo a las observaciones de N. C. Mathieu sobre los efectos mentales e intelectuales de la dominación, me rehúse a considerar a las mujeres entrevistadas como incapaces de entender, de analizar, y de explicar su situación. Esto, por demás, no entra en contradicción con el pensamiento N. C. Mathieu, quien le reprocha, por ejemplo, a algunos investigadores, el poner en duda las descripciones de las mujeres. En este nivel, retomo la fórmula de Hill Collin (2008) quien propone, para la construcción de un pensamiento feminista afrocéntrico, una visibilización del punto de vista de las mujeres negras. Estas dos autoras que valoran los efectos del punto de vista de los y las investigadoras sobre el conocimiento producido, no subestiman los efectos del conocimiento de las personas entrevistadas. El término de doble sesgo androcéntrico, analizado por N. C. Mathieu, ilustra bien esta postura. Por medio de este concepto, ella critica el sesgo que se produce cuando investigadores que son hombres no entrevistan más que a hombres en el trabajo de campo. El «sesgo macho» (Rayna Rapp Reiter, en Mathieu, 1991, p.82) integra entonces el sexismo de las dos sociedades, la de los investigadores y la de los entrevistados. Mi investigación enriquece esta consideración de los efectos del punto de vista de las personas etnologizadas, al darle la palabra a cinco categorías de mujeres diferentes, permitiendo así una diversificación de los puntos de vista del lado de las entrevistadas.

Por medio de este análisis, N. C. Mathieu rompe con el mito de la omnipotencia de las y los investigadores, acercándose así a la sociología clínica que preconiza el descentramiento (Guist-Desprairies, 2004). Investigar supone escuchar a los otros, desplazarse incluso si las investigadoras continúan implicadas en la investigación. Esta implicación debe ser analizada. N. C. Mathieu (1991) anota: «es necesario devolver las interpretaciones enológicas, especialmente aquellas que tratan sobre las mujeres, a la posición del etnólogo en el campo de las relaciones de sexo en su propia sociedad, es decir, no solamente el hecho que sea hombre o mujer, sino aquello que su posición de hombre o de mujer le permite conocer, respectivamente, de la opresión ejercida y la opresión sufrida» (p.126). Así, la implicación de la investigación no concierne únicamente a las proyecciones mentales, psíquicas, emocionales de los y las investigadoras sobre su objeto, sino también sobre su pertenencia social (Joseph, 2013). Enunciar esta pertenencia se ha vuelto la moda en ciertos países (de Gasquet, 2015). La sociología clínica propone un análisis de la implicación, cualquiera sea la investigación o la investigadora. En cuanto a las teóricas del punto de vista situado, ellas subrayan la diferencia de esta implicación según se sea dominante o dominado/dominada en las relaciones sociales. Asocié estas dos posturas considerando, además, la articulación de las relaciones sociales que hace que los y las investigadoras o las personas entrevistadas pueden ser, a la vez, dominantes en una relación social y dominados/dominadas en otra. Esto me permitió entender, con cada una de las categorías de mujeres investigadas, los efectos de conocimiento que tiene el hecho de ser «mujer negra doctorante migrante haitiana de origen familiar rural y modesto»12Esta lista no exhaustiva no define mi “identidad y concierne solo a mi lugar en las relaciones sociales profundizadas en este documento.. Considerando la articulación de la relaciones sociales y no únicamente el género, criticando diferentes formas de centrismo además del sesgo macho, podría parafrasear a N. C. Mathieu y agregar: «es necesario devolver las interpretaciones científicas a la posición de etnólogo/etnóloga en el campo de la relaciones sociales de su propia sociedad, es decir, no solamente el hecho de que sea dominante o dominado/dominada, sino lo que su posición de dominante o de dominado/dominada le permite conocer, respectivamente, de la opresión ejercida y la opresión sufrida».

La investigación socioclínica se co-construye en una intersubjetividad asociada a una interdiscursividad entre investigadores/investigadoras ( expertos/expertas) y verdaderas personas sapientes (Broda ; Roche, 1993). Esto reduce los centrismos y si la conciencia dominada está alterada, no se debe por ello desatender el punto de vista de las poblaciones dominadas (expertas o sapientes), pues de hacerlo se volvería a reservar la ciencia a las y los dominantes, que es lo que combaten N. C. Mathieu o Guillaumin (1981), quien recuerda los efectos teóricos de la ira de los y las oprimidas. N. C. Mathieu recuerda, por cierto, la limitación del punto de vista de los dominantes, particularmente sobre la opresión sufrida. Hill Collins (2008,) por su parte, defiende una investigación sobre las dominadas hecha por las dominadas.

Por otra parte, en lugar de preguntarse si las subalternas pueden hablar (para parafrasear a Spivak, 2003), más vale preguntarse cómo la ciencia les puede escuchar (Joseph, 2015), lo que implica preocupaciones teóricas y epistemológicos, así como metodológicas. De allí las adaptaciones e innovaciones metodológicas en mi investigación para recoger/acoger el punto de vista de las más discriminadas. Algunas herramientas socioclínicas me permitieron superar el logocentrismo de las entrevistas habituales para abrirle la puerta a lo simbólico, a lo fantasmal, a lo emocional. Además de considerar lo psíquico y lo social, N. C. Mathieu no duda en integrar los sueños de las mujeres a su análisis materialista, en un llamado a la apertura siempre y cuando se eviten los riesgos de sobre interpretación (Gianini Belotti, 2016). Aquí también la sociología clínica utiliza una clave propuesta por Henri Lefebvre13Citado en de Gaulejac, V; Roy, S (dir.), 1993, p. 322.: evitar «la vivencia sin concepto» (debilidad teórica que puede conducir a la sobre-interpretación) y al «concepto sin vida» (teorizaciones desconectadas de la realidad de las personas). Mi feminismo materialista interseccional se construyó así sobre una clínica14El término clínica que significa, de la manera más cercana, la vivencia. de las relaciones sociales estructurales.

Conclusión: «¡El que busca, encuentra!»

 

Esta investigación con mujeres haitianas presenta la diversidad de puntos de vista de mujeres sobre la división sexual del trabajo a partir de su lugar en las relaciones sociales y de sus vivencias de las relaciones de pareja o de trabajo; muestra que el género puede ser invisibilizado o instrumentalizado, lo que determina la definición de las estrategias y las alianzas. La externalización, ausente del análisis de N. C. Mathieu, representa, sin embargo, un freno para las luchas individuales o colectivas. La autora analiza cómo las y los investigadores que sin buscar el género no lo encontraban, y que aquellas que, buscándolo, lo encontraron. Y mi investigación muestra que un análisis profundo del género conduce a encontrar otra cosa: una articulación de las diferentes relaciones sociales estructurales. Es posible preguntarse porqué ciertas personas no buscan el género o porqué otras solo encuentran el género. N. C. Mathieu nos da una pista al conducirnos hacia un análisis de los efectos de la pertenencia social de los y las investigadoras sobre aquello que investigan y aquello encuentran. Sus aportes alimentaron la postura particular que defiendo en mis investigaciones: pensar a las «sujetas» (Joseph, 2010, 2015). Este trabajo propone, de una parte, responder a la invisibilización de las mujeres (sujeto y no objeto), sin el naturalismo/biologicismo al que remitiría el singular (la mujer, la sujeta), y privilegiando el plural (sujetas) que recuerda la heterogeneidad de la clase de las mujeres. De otra parte, es necesario pensar a las mujeres como estando, simultáneamente, sujetas a las relaciones sociales estructurales y siendo luchadoras (tratando de hacer alguna cosa de eso que las relaciones sociales hacen de ellas). Es necesario entonces evitar, a la vez, la ilusión del todo social que niega las capacidades de los individuos y aquella de la omnipotencia del sujeto que conduce a negar las coerciones sociales. Este pensamiento de Vincent de Gaujelac (1999) se encuentra con el de N. C. Mathieu, que critica la doble presentación de las mujeres bien sea como animadas no-humanas/no-animadas o como demasiado-sujetos, detentoras de poder y de un supuesto consentimiento a la dominación. Es justamente para evitar estas dos trampas que pienso a las sujetas, desarrollando un feminismo materialista interseccional a partir de un enfoque socio clínico.

 

Referencias

 

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A propósito de la autora:

 

Laboratoire de changement social et politique (LCSP) -Université París 7 Diderot. Bât. Olympe de Gouges, 5 rue Thomas Mann – Case 7001 –75205 París cedex 13. Correo electrónico: rosemyrlie.joseph@gmail.com

 

Artículo publicado  originalmente en:

 

Rose-Myrlie Joseph, « De l’invisibilisation des travailleuses domestiques haïtiennes », Journal des anthropologues [En ligne], 150-151 | 2017, mis en ligne le 15 novembre 2019, consulté le 08 février 2018. URL: http://journals.openedition.org/jda/6756

 

*Restaveks por Julia Spiers. Fuente: https://www.behance.net/gallery/67673317/Restaveks

Notas   [ + ]

1. Traducción a cargo de Andrea Barrera Téllez. ambarrerate@gmail.com
2. Nota de la traductora [NdT]: Hemos optado por conservar el término “sirvienta” a pesar de su importante carga negativa, pues la autora también usa el de “trabajadora doméstica”. Aunque puedan aparecer como sinónimos nos parece importante respetar esta distinción.
3. Trabajo en el campo, cuidado de la huerta, transformación y almacenamiento de productos agrícolas.
4. En este medio todavía débilmente mecanizado.
5. Sobre la cuestión criollos/bossales, ver, entre otros, Barthélemy (1989).
6. [NdT]: El término “bossale” designa, historiográficamente, a las personas racializadas como negras que eran transportadas desde África hasta la colonia de Santo Domingo (hoy Haití), en condiciones de esclavitud. Según Pablo Michelot (2010), los “bossales” serían diferentes a las y los criollos [“créoles”], pues esta población racializada igualmente como negra estaría constituida por personas nacidas en Haití (colonia de Santo Domingo en ese momento) y, de hecho, no se usaba para referirse exclusivamente a las personas racializadas. Ver: http://lencrenoir.com/bossale-ou-creole/2/ 
7. El Código de trabajo de Haití -que, por demás, es muy poco respetado- propone, para el personal doméstico, cláusulas particulares, un “régimen especial”. Código de trabajo, ley n°7 (De la mano de obra sometida a un régimen especial), capítulo I (Personas de casa), artículos 254 al 265. El ministerio de la Condición Femenina y de los Derechos de las Mujeres (MCFDF), con el apoyo de algunas organizaciones de mujeres, propuso en 2007 y proyecto de ley sobre este trabajo. El Estado de Haití que, durante mucho tiempo, no determinó un salario mínimo para estas trabajadoras, lo fijó en 125 gourdes (alrededor de 5.000 COP y 1,9 USD [N.d. T]) por la jornada de8 horas (artículo 6 del decreto presidencial del 16 de abril de 2014).
8. Restavèk viene de la contracción de dos palabras rester [quedarse] y avec [con], y designa a los y las niñas que son dejadas por sus familias en el servicio doméstico de otra familia. Estas y estos niños, sobre todo niñas pobres de origen rural, trabajan gratuitamente y sufren diferentes formas de abuso.
9. [NdT]: La autora creó y utiliza la expresión “paternité au rabais” en el texto original. Hemos optado por traducirla de la manera más literal posible (paternidad con descuentos). Queda aclarar que la palabra “rabais” significa, literalmente, “descuento” pero en el texto adquiere un significado más complejo y amplio que hace referencia a una paternidad con pocos o ningún compromiso, con pocas responsabilidades asumidas o totalmente irresponsable y ausente; paternidad que implica que puede “tener descuentos” porque toda la (sobre)carga de cuidado y de sostenimiento material de la vida de las y los hijos recae sobre las mujeres.
10. En Manno Charlemagne (1988). Òrganizasyon mondyal, DaliReel productions, USA.
11. Tabet (2004).
12. Esta lista no exhaustiva no define mi “identidad y concierne solo a mi lugar en las relaciones sociales profundizadas en este documento.
13. Citado en de Gaulejac, V; Roy, S (dir.), 1993, p. 322.
14. El término clínica que significa, de la manera más cercana, la vivencia.