Capitalismo vagabundo y la necesidad de la reproducción socialTiempo: 33'

Cindi Katz

Traducido por Manuela Besada-Lombana
Andrés Julián Caicedo Salcedo

Environmental Psychology Program, Graduate Center, City University of New York, New York, NY, US; e-mail: ckatz@gc.cuny.edu

Un vagabundo, como es bien sabido, se desplaza de un lugar a otro, sin morada fija. Sin embargo, el vagabundeo insinúa cierta disolución, una vida desordenada, irresponsable y de mala reputación, como de hecho podría caracterizarse a la globalización de la producción capitalista. Este documento replantea el debate sobre la globalización mediante un enfoque materialista de la reproducción social. Al observar las prácticas sociales materiales a través de las cuales las personas se reproducen a diario, de generación en generación, y a través de las cuales se renuevan las relaciones sociales y las bases materiales del capitalismo –y los estragos que causa en ellas un capitalismo que se presume como desenraizado– podemos presentar de una mejor manera tanto los costes de la globalización como las conexiones entre lugares de producción enormemente disímiles. Centrarnos en la reproducción social nos permite abordar cuestiones como la creación, el mantenimiento y la explotación de una mano de obra fluidamente diferenciada, las producciones (y destrucciones) de la naturaleza y los medios para crear geografías alternativas que se opongan al capitalismo globalizado. Me basaré en ejemplos del «Primer» y del «Tercer Mundo» para argumentar que cualquier política que contrarreste eficazmente el imperativo global del capitalismo debe enfrentarse a los cambios en la reproducción social que lo han acompañado y lo han hecho posible. Al examinar los aspectos político-económicos, político-ecológicos y culturales de la reproducción social, sostengo que se ha producido un cambio de escala de la infancia y sugiero una respuesta práctica que se centra en geografías específicas de la reproducción social. La reconexión de estas geografías con las de la producción, tanto de forma trans-localizada como a través de la escala geográfica, da pie para remediar las pérdidas sufridas en el ámbito de la reproducción social como resultado de la producción capitalista globalizada.                                      

Este análisis desarrolla la noción de “topografía” con el fin de examinar los efectos transversales y las consecuencias materiales de producción globalizada capitalista. “Topografía” ofrece una lógica política que reconoce la materialidad de las diferencias culturales y sociales y puede ayudar, a la vez, a movilizar solidaridades transnacionales e internacionales para hacer contrapeso a los imperativos de la globalización. 

La frase «capitalismo vagabundo» sitúa la vagancia y el abandono en el lugar que le corresponde: en el capitalismo, ese acosador del mundo desordenado, disoluto e irresponsable. También sugiere una amenaza en el corazón de la vagancia del capitalismo: que una producción capitalista cada vez más global puede desprenderse de muchos de sus compromisos particulares, sobre todo los asociados a la reproducción social, que casi siempre es menos móvil que la producción. En el peor de los casos, esta desvinculación empuja a ciertas personas a formas de vagabundeo; en el mejor de los casos, deja a la gente en todas las partes del mundo luchando por asegurar sus bienes materiales y las prácticas sociales asociadas a la reproducción social. La insistencia en la necesidad de la reproducción social proporciona un escenario crítico, todavía poco teorizado, en el que se pueden afrontar muchos de los problemas asociados a la globalización de la producción capitalista.

En este ensayo, delineo sistemáticamente lo que implica la realización de la reproducción social y lo que está en juego cuando la reproducción social se desliga de la producción, como ocurre actualmente en muchas partes del mundo. Ilustro estas preocupaciones con un breve análisis de lo que podría conceptualizarse como «re-escalar la infancia» (rescaling childhood). En la última parte del ensayo, expongo la noción de «topografía» como metodología crítica a la que se puede recurrir para producir «contratopografías» que proporcionen medios para imaginar y desarrollar una política translocal opuesta al capitalismo globalizado y a otras formas de opresión, especialmente en torno a cuestiones de reproducción social.

El capitalismo globalizado ha cambiado el rostro de la reproducción social en todo el mundo durante las últimas tres décadas, permitiendo la intensificación de la acumulación de capital y exacerbando las diferencias de riqueza y pobreza. La desaparición del contrato social como resultado del neoliberalismo, la privatización y el desmoronamiento del estado de bienestar es un aspecto crucial de este cambio. Les niñes, entre otros, sufren estas transformaciones, ya que se produce todo tipo de desfinanciación pública –incluyendo la educación, el bienestar social, la vivienda, la atención sanitaria y los entornos públicos– como parte de y en concordancia con una relativa falta de compromiso empresarial con determinados lugares. La otra cara de la retirada del apoyo público y empresarial al salario social consiste en depender de los medios privados para asegurar y mantener la reproducción social  –no únicamente el trabajo de cuidado no compensado de las familias, sobre todo de las mujeres, sino también un desplazamiento, a menudo geográfico, de la responsabilidad, que tiene claros componentes de clase, raza y nacionalidad. Por ejemplo, la reproducción social de la mano de obra inmigrante se lleva a cabo en sus respectivos países de origen. Cuando se les emplea en otro lugar, esto representa una transferencia directa de riqueza de países generalmente más pobres a otros más ricos. El capital variable que se produce en un sitio y se aprovecha en otro no es una transferencia menor de capital en comparación a la extracción de materias primas, el servicio de la deuda y otras actividades similares. Sin embargo, esta transferencia parece no tener importancia para la mayoría de los teóricos de la globalización. La reproducción social es la figura que falta en los debates actuales sobre la globalización. Se trata de una grave omisión. La globalización no puede entenderse sin abordar la reestructuración de la reproducción social.

Reproducción social

La reproducción social es la materia carnosa e indeterminada de la vida cotidiana. También es un conjunto de prácticas estructuradas que se desarrollan en relación dialéctica a la producción, con la que tiene una relación mutua, constitutiva, y a la vez se encuentra en tensión. La reproducción social abarca la reproducción cotidiana y de larga duración, tanto de los medios de producción como de la fuerza de trabajo.  En su aspecto más básico, depende de la reproducción biológica de la fuerza de trabajo, tanto generacionalmente como en el día a día, a través de la adquisición y distribución de los medios de existencia, incluidos los alimentos, la vivienda, el vestido y la atención sanitaria. Conforme a la teoría marxista, la reproducción social es mucho más que esto. También abarca la reproducción de la fuerza de trabajo en un determinado (y fluido) nivel de diferenciación y pericia. Esta fuerza de trabajo diferenciada y cualificada está constituida socialmente. No solo las prácticas sociales materiales asociadas a la producción son histórica y geográficamente específicas, sino que sus contornos y requisitos son el resultado de una lucha continua. Aparte de la necesidad de asegurar los medios de vida, la producción y reproducción de la fuerza de trabajo exige una serie de formas y prácticas culturales que también son geográfica e históricamente específicas, incluidas las asociadas al conocimiento y al aprendizaje, a la justicia social, y su aparato, y a los medios de comunicación. 

Muchas de las luchas por los salarios están influidas por la redefinición de lo que constituye una mano de obra «adecuadamente calificada». Bajo el fordismo, estas luchas condujeron a avances para una gran fracción de la clase trabajadora, avances que no eran simplemente económicos. Estos avances se midieron en el aumento de las oportunidades educativas y en el incremento constante de los niveles de educación, en la ampliación del abanico de prestaciones disponibles para los trabajadores y en el crecimiento del espectro de servicios y oportunidades sociales y culturales de los que los trabajadores podían hacer uso. La consecución de estos avances redefinió progresivamente los contornos de la reproducción social y sus contenidos, y cada ganancia para el trabajo aumentó los costes relativos del trabajo para los capitalistas. 

Sin embargo, las luchas en el espacio de trabajo no fueron la única fuente de cambio a la hora de definir el ámbito de la reproducción social o los medios para conseguirla. La reproducción social se asegura a través de una constelación cambiante de fuentes comprendidas en las amplias categorías del Estado, el hogar, el capital y la sociedad civil. El equilibrio entre estas fuentes varían a nivel histórico, geográfico y de acuerdo con la clase. En EE.UU., las luchas sindicales de mediados del siglo XX obligaron a las empresas capitalistas a asumir una proporción cada vez mayor de la responsabilidad de la reproducción social y, al mismo tiempo, ampliaron lo que se consideraba una reproducción social necesaria (a través de paquetes de prestaciones sociales más amplios, programas de formación en el lugar de trabajo, etc.). Los primeros activistas reformistas asociados a la era progresista en EE.UU. exigieron al Estado que asumiera una parte cada vez mayor de los costes de la reproducción social y, a la vez, que garantizara una gama más amplia de prácticas asociadas a ella (Marston, 2004). Estos cambios impulsados por los reformistas se manifestaron en aspectos como la vivienda de interés social, la ampliación de los servicios de salud pública, el desarrollo de parques y zonas de juego, la educación pública y la institución de programas de bienestar social. Por supuesto, el panorama fue más complicado que esto. También existían intereses de clase que permearon al movimiento progresista con el fin de forjar una sociedad políglota de inmigrantes y de clase trabajadora a imagen y semejanza de la clase media blanca. Y el Estado se adhirió a esta iniciativa, pues estos nuevos ámbitos de práctica también servían a los intereses capitalistas. No obstante, estos amplios procesos –el creciente papel del Estado y del capital para garantizar la reproducción social– modificaron la naturaleza y el alcance de las prácticas de reproducción social basadas en el hogar o las que estaban asociadas a la sociedad civil, tales como los orfanatos, las casas de beneficencia con base en la iglesia, las organizaciones benéficas privadas, las casas de acogida, o los círculos de hombres y mujeres inmigrantes y trabajadores. Ninguno de los dos ámbitos desapareció, por supuesto, pero la forma en que los hogares aseguraban su reproducción se modificó enormemente, aunque sin afectar sustancialmente a la división del trabajo en función del género dentro de la casa. A la vez, el papel de las organizaciones benéficas privadas se desplazó a otros ámbitos (todavía asociados a la reproducción social en sentido amplio), como el apoyo a instituciones y actividades culturales.  

Al igual que la globalización, la reproducción social tiene aspectos político-económicos, culturales y medioambientales. Cada uno de estos tres aspectos influye en las geografías de la reproducción social y, por extensión, en las geografías de les niñes. Por ejemplo, el aspecto político-económico de la reproducción social abarca la reproducción de los conocimientos y habilidades laborales, las prácticas que mantienen y refuerzan la clase y otras categorías de diferencia, y el aprendizaje que inculca lo que Bourdieu denomina habitus, el cual consiste en un conjunto de formas y prácticas culturales que refuerzan y naturalizan las relaciones sociales dominantes de producción y reproducción (por ejemplo, Bourdieu y Passeron 1977). También incluye la reproducción y el mantenimiento de las fuerzas y los medios de producción. Si las primeras se reproducen a través de una amalgama entre el hogar, la sociedad civil y el Estado, en gran medida a través de la escuela, las segundas son principalmente competencia del capital y del Estado.

La división sexual del trabajo en el hogar, contingente desde el punto de vista histórico y geográfico, suele suponer que las mujeres son responsables de la mayor parte del trabajo de reproducción, incluida la crianza de los hijos, el aprovisionamiento y la preparación de alimentos, la limpieza, el lavado de ropa y otras tareas del hogar. Con la riqueza y el «desarrollo», un número cada vez mayor de estas tareas se proporcionan a través del mercado, o se pueden comprar, dependiendo de las circunstancias del hogar y de otros factores socioeconómicos. Los alimentos preparados, la asistencia doméstica, los servicios de guardería y otros servicios similares pueden reducir el trabajo doméstico y «liberar» el tiempo de algunas mujeres, para participar en la fuerza de trabajo asalariada o en otras actividades. Sin embargo, estas circunstancias no alteran la división del trabajo en función del género ni las relaciones sociales de producción y reproducción que sustentan y son sostenidas por la comercialización de algunos de los medios de reproducción social. Por ejemplo, como han puesto de manifiesto las geógrafas feministas que han estudiado las cuestiones de reproducción social asociadas al cuidado de les niñes, la migración transnacional de cuidadoras de niñes representa una subvención a las mujeres más ricas del «primer mundo» (y, por extensión, a quienes las emplean) por parte de las mujeres jóvenes de otras partes del «primer mundo» o, más comúnmente, de las mujeres del sur global, cuyos propies hijes suelen quedarse con sus familiares. Estos intercambios transnacionales hacen que las mujeres migrantes no solo trabajen más horas, sino que también reciban una menor compensación (Pulsipher 1993; Rose 1993; cf Hochschild 2000).

El Estado, por supuesto, tiene su propia mano en este proceso. En EE.UU. y Canadá, por ejemplo, las políticas de inmigración admiten simultáneamente a trabajadoras de ciertas naciones más pobres (la mayoría de las veces en el sur global) e impiden que sus familias se reúnan con ellas. Los programas de visados de ambos países garantizan un suministro continuo de mano de obra doméstica barata, incluidas las niñeras y otros cuidadores de niñes. El Estado también interviene, hace tiempo,  en otros aspectos político-económicos de la reproducción social: desde subvenciones estatales para la electrificación, suministro de agua, tratamiento de aguas residuales, hasta escuelas, servicios sanitarios y pasando por la provisión de bienes y servicios asociados al Estado del bienestar. El papel variable del Estado, a lo largo de la historia y la geografía, afecta al equilibrio entre los distintos grupos de interés en la forma de llevar a cabo la reproducción social. Por ejemplo, las recientes tendencias hacia la privatización han creado distinciones muy marcadas entre los hogares ricos y los pobres en cuanto a cómo se lleva a cabo el trabajo de reproducción social y quién lo hace. En muchos lugares, estos cambios han tenido un efecto especialmente escalofriante en las mujeres, quienes, en su mayoría, siguen llenando el vacío entre el Estado y el mercado para garantizar la reproducción y el bienestar de sus hogares.

La frontera entre las prácticas que he asociado al aspecto político-económico de la reproducción social y las prácticas vinculadas aspectos culturales de la reproducción es difusa. Aquí incluyo las formas y prácticas culturales ligadas a la adquisición de conocimientos, no sólo en relación con el trabajo o el lugar de trabajo, sino también con el aprendizaje adscrito a determinados grupos sociales. Todas las personas son miembros de grupos sociales diversos y superpuestos. La reproducción social implica adquirir y asimilar los conocimientos, valores y prácticas compartidas por los grupos a los que se pertenece por nacimiento o por elección. A través de estas prácticas sociales materiales, los actores sociales se convierten en miembros de una cultura que ayuda a crear y construir sus identidades dentro y contra ella. En el transcurso de estas actividades, los jóvenes y otras personas son a la vez objetos y agentes; adquieren conocimientos culturales y los reelaboran a través de las prácticas -intencionadas o no- de su vida cotidiana. En este caso, las formas domésticas y sus fluidas divisiones generizadas y generacionales del trabajo influyen en la forma en que se lleva a cabo la reproducción cultural, sus contornos y las características reconocidas socialmente de la reproducción. Estas relaciones son el medio y el mensaje de la reproducción social, por tanto, su forma particular tiene importantes consecuencias políticas, económicas y socioculturales.

Otros ámbitos culturales de la reproducción social incluyen a los medios de comunicación, junto con la cultura de masas y las instituciones asociadas con la afiliación y la práctica religiosas. Dentro de estos grandes escenarios, la cultura se produce y se reproduce de manera simultánea. En el intercambio, las relaciones sociales de producción y reproducción que caracterizan a una formación social concreta en un momento histórico y una ubicación geográfica determinada se encuentran, se reproducen, se alteran y se resisten. 

Por último, además de los aspectos culturales y político-económicos de la reproducción social, están los fundamentos materiales de la reproducción: su aspecto medioambiental. Todos los modos de producción producen y se ven favorecidos por determinadas ecologías políticas. Este hecho es tan obvio que, a menudo, pasa desapercibido. Sin embargo, la carga medioambiental de siglos de producción capitalista, y su naturaleza cada vez más global, ha sido enorme. Los amplios y graves problemas medioambientales, sintomáticos de las relaciones de producción capitalistas, han recibido mucha atención pública, pero no como problemas de reproducción social. En algunos casos, los problemas medioambientales se han desplazado de una región a otra. El racismo ambiental y las formas de imperialismo ambiental –en las que hay una fijación geográfica de los problemas político-ecológicos, como la ubicación de depósitos de residuos tóxicos o la localización de industrias nocivas, a menudo reguladas fuera de los lugares más ricos o privilegiados–, tienen implicaciones comunes con las relaciones sociales que fomentan la producción en un lugar determinado, empleando mano de obra migrante, cuya reproducción sucede en otra parte. En ambos casos, se produce un reajuste de la geografía de la reproducción social, de modo que los costes de la reproducción social –medioambientales y político-económicos– se asumen lejos de aquellos lugares donde se obtienen la mayoría de los beneficios.

En otros casos, los problemas medioambientales o las respuestas políticas a los mismos han impedido la continuidad de la producción, y las manufactureras y otros actores han desarrollado medios alternativos de producción que se sensibilizan con la promoción de un medioambiente más “sostenible”. Esta protección del medio ambiente suele estar vinculada al mantenimiento de la producción –una interpretación capitalista del «desarrollo sostenible». Estas preocupaciones y prácticas señalan el importante papel del medio ambiente en la reproducción social. Como mínimo, la degradación del medio ambiente socava la productividad sostenida. A este respecto, hay que señalar los efectos de la degradación medioambiental en los cuerpos de les niñes. Debido a su tamaño y al rápido desarrollo de su constitución, les niñes son especialmente susceptibles a los contaminantes ambientales, ya sea en el aire, en la cadena alimentaria o en el suministro de agua (véase, por ejemplo, Satterthwaite et al 1996).     

Hay otros aspectos ambientales de la reproducción social. Los que afectan la vida cotidiana de les niñes me preocupan particularmente. La reproducción social siempre sucede en algún lugar, y los entornos para su puesta en práctica son parte integral de sus resultados. La falta de atención a los problemas de la reproducción social es visible en los paisajes de abandono, comunes en las zonas urbanas de los países industrializados y subdesarrollados. Estos paisajes desatendidos incluyen escuelas, patios de recreo, parques y espacios públicos, así como lugares con poca o nula financiación. Los entornos en los que crecen les niñes dicen mucho sobre su valor como miembros presentes y futuros de determinadas sociedades. Por ejemplo, el aumento de la construcción de prisiones en EE.UU. durante las dos últimas décadas, a expensas de las escuelas y los patios de recreo, sugiere una valoración particular (y horrorosa) de ciertos jóvenes oriundos de determinada clase, raza y género, en tanto los trabajos de fabricación menos cualificados se agotaron en muchos lugares durante la década de 1970. Menos extremas son las manifestaciones materiales de desprecio que se observan en los entornos físicos en los que les niñes pasan gran parte de su tiempo, tales como escuelas, parques y patios de recreo. Estas geografías de les niñes y la infancia han sido afectadas por las relaciones de producción y reproducción asociadas a la globalización (véase Katz 1998a, 1998b).

Globalización y re-escalar de la infancia                                                     

Si estos ámbitos y prácticas constituyen los fundamentos de la reproducción social, ¿cómo se han reestructurado a raíz de la globalización? Y, más aún, ¿cómo se puede reconocer el capitalismo globalizado y tenerlo en cuenta al abordar las cuestiones de la reproducción social?

Como han sugerido muchos pensadores de la globalización contemporánea, los cambios tecnológicos, financieros y normativos han alterado la intensidad y los parámetros de la globalización, de modo que ahora existen importantes mercados financieros y acuerdos comerciales fuera de los centros tradicionales de inversión e intercambio de capital. Lo que impulsa la actual fase de la globalización es que, a partir de la década de 1970, la producción de capital empezó a cruzar las fronteras nacionales con mayor intensidad, al ponerse en marcha la conocida combinación entre la desfinanciación en los centros industriales tradicionales y la inversión extranjera directa en zonas de menores costes laborales y de producción. Al mismo tiempo, se ha producido una transnacionalización de la producción, de modo que todo tipo de productos se producen a nivel mundial (cf. Smith 1997). Aunque el capital era fluido en períodos anteriores (durante mucho tiempo los capitalistas han relocalizado sus sitios de producción con mayores costes de producción hacia los lugares con menores costes ([laborales y de otro tipo]), el capitalismo se ha vuelto aún menos dependiente en términos espaciales, ya que los bienes se producen de forma cibernética atravesando las fronteras nacionales, las cuales son cada vez más insignificantes –excepto si se vive en algún lugar, como todo el mundo.

Cuando la reproducción es bastante móvil, aunque la reproducción social permanezca ligada a un lugar específico, se producen todo tipo de desajustes a través del espacio, fronteras y escalas, los cuales son capaces de aprovechar las desigualdades sedimentadas en las relaciones sociales y de provocar otras nuevas. Para les niñes que llegan a la mayoría de edad, los resultados son profundos. Al examinar los cambios en las geografías y las relaciones sociales de la reproducción social en cada uno de los ámbitos que he delineado (político-económico, cultural y político-ecológico), quiero conceptualizar lo que denomino «re-escalar la infancia». Es una discusión esquemática y se basa, de manera general, en mi trabajo en la ciudad de Nueva York sobre les niñes y el espacio público y sobre la privatización del espacio público, asociada a la ciudad neoliberal. También me apoyaré en el trabajo de otros sobre niñes y medios de comunicación, así como en mis lecturas sobre literatura ambiental.

En la dimensión político-económica de la reproducción social, la desfinanciación en el espacio público ha dejado a les niñes de los barrios pobres y marginados con pocas oportunidades de jugar al aire libre de forma segura y autónoma. Al mismo tiempo, el ámbito cultural de la reproducción social ha alcanzando a muches niñes, tanto a los que se ven encerrados por la falta de oportunidades de juego en el entorno de su barrio, como a los que antes estaban fuera del alcance de las producciones culturales del capital. En ambos terrenos –los espacios públicos de la vida cotidiana de les niñes y los espacios culturales que ofrecen los medios de comunicación y el Internet– los adultos a menudo ejercen una sorprendente vigilancia sobre las actividades y los vínculos potenciales de les niñes. Los adultos asumen que las prácticas individualistas microlocalizadas de la crianza de los hijos pueden ser suficientes para proteger a les niñes de los despojos asociados a la desfinanciación pública y a la abundancia ofrecida por la salvaje expansión de las tecnologías electrónicas que la han acompañado (cf. Katz 2001b; Kinder 1999).

Mientras tanto, en el ámbito político-ecológico de la reproducción social, hay problemas bien conocidos a escala global y local para los cuales aquellos actos heroicos de los padres son insuficientes en la escala doméstica. Por ejemplo, está bien documentado que los contaminantes ambientales que se acumulan con el tiempo en los cuerpos de los adultos pueden llegar a les niñes a través de la leche materna, a pesar de todos los esfuerzos por controlar la exposición de los bebés y les niñes a las toxinas ambientales. No planteo este ejemplo para proporcionar otro escenario que alimente lo que yo llamo «discurso del terror» en relación con les niñes, o la hipervigilancia que lo sustenta y que resulta de ella. Por el contrario, sugiero –aunque de forma general y esquemática– que el entrelazamiento de los diferentes aspectos de la reproducción social (el político-económico, el cultural y el político-ecológico) y la forma en que estos inciden en la vida cotidiana de les niñes del Norte Global (y de otros lugares), en las condiciones contemporáneas, requieren una respuesta igualmente interconectada y que cruce muchas escalas. Dicho crudamente, regular la exposición de les niñes a la televisión, mientras se vive en un entorno tóxico en el que se asume alegremente el calentamiento global y en una economía política que ofrece pocas posibilidades a muches niñes que llegan a la mayoría de edad, puede proporcionar cierto consuelo en el caos diario de la «crianza», pero evita las cuestiones más amplias que están en juego y sublima, si no ignora por completo, la política más amplia de la reproducción social.

Las cuestiones de la reproducción social son complejas y escurridizas, pero en el ámbito de la reproducción social es en donde se puede observar gran parte de los estragos de la producción capitalista globalizada, por lo que es un terreno fértil para ofrecer algunas respuestas. Las cuestiones son controvertidas y resbaladizas por varias razones. Aquí destacaré tres. En primera instancia, casi por definición, la reproducción social (al menos a un nivel mínimo) debe asegurarse, y es de interés de las personas llevarla a cabo, sin importar las circunstancias en las que se encuentren. Así, la retirada del apoyo a la reproducción social por parte del Estado, del capital o de la sociedad civil se contrarrestará, en la medida de lo posible, con esfuerzos domésticos, familiares e individuales. Una cosa que me ha sorprendido y desgarrado en mi trabajo en Sudán y en Estados Unidos ha sido la infinidad de formas en que la producción capitalista y sus consecuencias han llevado a la gente a los límites más drásticos de su propia resiliencia, y lo dispuestos que han estado los capitalistas para aprovecharla en función de sus propios objetivos. En segunda instancia, la reproducción social es controvertida porque se centra en la reproducción de aquellas relaciones sociales y formas materiales que son tan problemáticas. La reproducción social no es precisamente «revolucionaria», sin embargo, mucho depende de su realización, incluida –paradójicamente– la política de oposición.

En tercera instancia, la política en torno a la reproducción social tiene una circunscripción confusa y un número casi infinito de ubicaciones, lo que da lugar a poderosas contradicciones. Dado que prácticamente todo el mundo está atrapado en las prácticas sociales materiales y en la necesidad de la reproducción social, resulta, paradójicamente, difícil organizarse en torno a ella. «Todo el mundo» puede ser ninguno en particular. Del mismo modo, su geografía fragmentada y dispersa no ofrece ningún lugar concreto en el que sea posible organizarse. A pesar de lo difícil que es la organización en el lugar de trabajo, siempre hay un ahí. Es precisamente la ubicuidad de la reproducción social lo que hace que sea tan relevante repararla, tras los úúltimos veinte años de ofensiva contra sus formas y prácticas. En otras palabras, una política centrada en la reproducción social reconecta, en un terreno amplio y diferenciado, la cultura, el medio ambiente y la economía política, oponiéndose  a la globalización capitalista. La historia demuestra que las luchas sobre la realización de la reproducción social y sobre quienes tienen la responsabilidad de la misma cambian y se mueven. La disputa sobre qué ámbito, entre el Estado, el hogar, el capital y la sociedad civil,  es responsable de qué y en qué circunstancias, ha probado ser duradera y variable, de acuerdo a condiciones históricas y geográficas. Y así, la lucha continúa y proporciona un terreno propicio para su expansión.

Por ejemplo, las ganancias de los trabajadores en cuanto a beneficios sociales y un salario social ampliado bajo el capitalismo fordista en las economías industrializadas durante la mitad del siglo XX han sido atacadas. Al mismo tiempo, las victorias de las mujeres blancas progresistas de clase media de EE. UU., encaminadas a conseguir que el Estado capitalista se responsabilice de una serie de programas asociados con la reproducción social, se han visto erosionadas por el debilitamiento del Estado capitalista bajo el neoliberalismo. Estos cambios, vinculados a la globalización de la producción capitalista, pueden observarse en todas las escalas, así como a nivel transnacional. Por ejemplo, hay trayectorias comunes en la llamada reforma del sistema de bienestar en el norte global (especialmente en EE. UU.) y los programas de ajuste estructural en el sur global, o en el encarcelamiento de dos millones de personas (tres cuartas partes de las cuales son hombres y niños negros) en EE.UU. y la militarización de tantas partes del mundo en donde grupos de personas igualmente «excedentes» no tienen un futuro laboral seguro.

Frances Fox Piven (1999) ha sugerido que los capitalistas y el Estado capitalista se han retirado de los compromisos adquiridos con el salario social porque » podían hacerlo». Obviamente es cierto. Ha habido poca resistencia efectiva –o incluso ineficaz– a la movilidad de la producción capitalista y a las prácticas neoliberales que se fomentan. La militancia obrera se redujo significativamente en el último periodo del siglo XX, mientras que en otros ámbitos –la política de la clase media blanca feminista, por ejemplo– la atención se centró en cuestiones tales como la igualdad de la mujer en el lugar de trabajo y en la esfera pública. Esto supuso un cambio importante en las reivindicaciones de las mujeres de la época progresista. Este cambio articuló las preocupaciones domésticas al ámbito más amplio del gobierno local, regional y nacional. 

Es claro que el inicio del siglo XXI requiere una nueva forma de organización, una nueva agenda política y una escala de práctica novedosa y más matizada. Seattle, Praga, Pôrto Alegre y otras manifestaciones internacionalistas contra las instituciones asociadas a la producción capitalista globalizada dejan claro que existe una oposición organizada que se enfrenta a algunas de las instituciones y corporaciones más centrales, y que muchos grupos están trabajando de forma sostenida entre esta diversidad de manifestaciones. Sugiero que aunque las preocupaciones de la reproducción social están en el centro de gran parte de estas prácticas de oposición, casi nunca se les aborda, sin embargo, deberían hacerlo. La redistribución de la responsabilidad de la reproducción social a los capitalistas y al Estado, a nivel transnacional y a todas las escalas, comenzaría a recalibrar los costes y beneficios de la globalización de modo que se señalarían sus costes ampliamente distribuidos y se promulgaría mayor justicia e igualdad social entre clases, naciones, localidades y géneros. Esta medida ayudaría a revitalizar una política verdaderamente internacional.

Topografías y contratopografías 1 Esta sección se basa en gran medida en mi artículo «On the Grounds of Globalization: A Topography for Feminist Political Engagement» (Katz 2001a), en el que desarrollo una «topografía» de la globalización y discuto en mayor detalle las ideas sobre topografías y contra topografías que presento aquí de forma más esquemática.

A modo de conclusión, quiero discutir la propuesta de producir topografías como medio para movilizar esta política. He desarrollado ampliamente esta idea en otro artículo (Katz 2001a). Lo esbozo aquí porque producir «topografías» y «contratopografías» (Katz 2001a:1228ss) puede ser una forma, no solamente de reimaginar una política que repare los daños de la globalización, sino también de empezar a construir una respuesta práctica que sea a la vez translocal y estratégicamente enfocada. En otras palabras, estoy tratando de imaginar una respuesta política que tenga la fluidez y la amplitud necesarias para hacer frente a las cuestiones controvertidas que he planteado en relación a la organización en torno a la reproducción social. Comprendo que es una tarea difícil, y mi idea es modesta.

Ofrezco, pues, las topografías como una estrategia de investigación que podría contribuir a la construcción de una respuesta política “que parta de (y entre) múltiples actores sociales situados en una variedad de ubicaciones geográficas que están, al mismo tiempo, vinculados y separados por las diversas fuerzas de la globalización” (Katz 2001a:1214). Estas conexiones podrían establecerse en torno a las consecuencias de la reproducción social, de la naturaleza cada vez más global, de la producción capitalista. La topografía consiste en la descripción detallada de un lugar concreto y de la totalidad de los rasgos que lo componen. Ambos aspectos son producidos y un análisis de cómo se les produce podría revelar la naturaleza interesada de las topografías y del conocimiento topográfico. Las topografías son fuente de información deliberada, intencionada y sistemática –aunque parcial– de todas las escalas geográficas para militares, el Estado y las empresas. El conocimiento topográfico proporciona la materia prima para los Sistemas de Información Global (SIG) y para aquellas bases de datos espacializadas que guían e informan la extracción de recursos, la vigilancia pública y privada, los movimientos militares y diversas formas de gobierno y dominación. Esta lista de prácticas indica solamente la importancia integral de reunir y mapear datos topográficos, para la resistencia y expansión de la globalización imperialista y para la puesta en práctica de la dominación y la explotación más local y cotidiana. El conocimiento situado, producido en términos topográficos, sostiene y permite el ejercicio del poder a varias escalas geográficas y es capaz de trascender las especificidades de la localidad en la que se recopila. El conocimiento topográfico forma parte del mantenimiento y del avance del desarrollo desigual. Dada su importancia para los capitalistas y los que ostentan el poder, el conocimiento topográfico debería ser de interés para aquellos capaces de contrarrestarlo.

Las topografías producidas para enfrentar los impulsos del poder capitalista ofrecen descripciones exhaustivas de lugares particulares y, por medio de ellas, pueden mostrar cómo un proceso asociado con, por ejemplo, la globalización de la producción capitalista, la persecución de la guerra, o la imposición de programas de ajuste estructural, afecta a un lugar determinado. Las topografías nos permiten observar no solamente procesos particulares a nivel local, sino también los efectos que estos tienen al encontrarse con relaciones sociales de producción y reproducción sedimentadas.

En otras palabras, las topografías son completamente materiales. Abarcan los procesos que producen los paisajes, así como producen a estos mismos paisajes, poniendo de manifiesto la naturaleza social de la naturaleza y los fundamentos materiales de la vida social. Su producción también se centra, revela y especifica, de manera simultánea, las intrincadas relaciones entre lugares distintos. De este modo, la topografía ofrece una metodología capaz de examinar críticamente los efectos materiales causados por procesos asociados con abstracciones como la globalización, la reestructuración económica mundial y el desarrollo desigual. Las topografías pueden proporcionar bases literales y figurativas para desarrollar una crítica a las relaciones sociales y político-económicas sedimentadas en el espacio, y a la vez favorecen el análisis de prácticas sociales materiales a través de las cuales un lugar es producido.

He señalado la materialidad de las topografías. Sin embargo, ellas también involucran efectos y significados metafóricos fecundos, los cuales pueden ser esenciales para explicar por qué puede ser útil hacer topografías de la globalización o de la reproducción social. La elaboración de topografías convencionales implica la descripción detallada de un lugar y, a la vez, requiere medir la elevación, la distancia y los atributos físicos o estructurales que hacen posible observar relaciones a través del espacio y entre diferentes lugares. De forma similar, las topografías podrían servir para examinar procesos abstractos, pero completamente materiales, como la globalización o la reproducción social. Por ejemplo, podrían utilizarse para hacer un balance de los movimientos del capital, de la mano de obra o de productos culturales entre distintos lugares, así como para observar los efectos comunes y reiterados del imperativo globalizador del capitalismo, tal y como se experimentan en lugares muy disimiles. Encontrar, demostrar y comprender estas conexiones, y lo que ellas originan, es crucial para desafiarlas de una manera eficaz.

Si podemos producir topografías críticas que muestren trazos distintivos de la globalización en áreas específicas, tales como aquellos asociados con la reproducción social, ¿de qué manera podemos vincular lo que se desprende por afectaciones globales en determinados lugares con otros procesos sistémicos? Esbozar estas conexiones abre la posibilidad de producir lo que podríamos denominar contra-topografías. La noción de contra-topografía recoge y desarrolla una de las asociaciones metafóricas clave de la topografía: una curva de nivel. Las curvas de nivel conectan lugares a una altitud uniforme para revelar la forma tridimensional del terreno. Mi intención al invocarlas es imaginar una política que, de forma simultánea, conserve las características propias de un lugar concreto y erija sus conexiones analíticas con otros lugares a través de «curvas de nivel» que señalen, no la elevación, sino una relación particular con un proceso –por ejemplo, la descalificación de los trabajadores o el retroceso de la asistencia social. De este modo, es posible teorizar «la conectividad de lugares muy distintos entre sí que, en virtud de la historia y la geografía, se han formado como espacios diferenciados y que se reproducen de maneras particulares, en medio de procesos político-económicos y socioculturales comunes» (Katz 2001a:1229). Las contratopografías implican análisis detallados de procesos concretos que no solamente conectan lugares dispares, sino que, al hacerlo, nos permiten empezar a inferir conexiones entre lugares intermedios no examinados. En los mapas topográficos es la medición de la elevación en lugares seleccionados lo que nos permite trazar curvas de nivel, sin medir cada centímetro del terreno. Las conexiones revelan relaciones analíticas detalladas y precisas, no homogeneizaciones. No todos los lugares afectados por la globalización de la producción o el consumo capitalista se ven alterados de la misma manera y los problemas que surgen de un lugar a otro pueden variar y desarrollarse de manera diferente, según la constelación de relaciones sociales que se den en los mismos.

El análisis topográfico proporciona los medios para evaluar críticamente estos procesos a través del análisis de las fricciones y solidaridades que ellos forjan y alteran entre las prácticas sociales materiales a través de las cuales se produce un lugar, además de relaciones sociales y político-económicas que se incrustan en el espacio. Mediante la construcción de topografías detalladas a distintas escalas geográficas es posible analizar un asunto concreto –como la desinversión en algún aspecto de la reproducción social o el «represamiento» (warehousing) de los excluidos frente a la posibilidad de otorgarles un empleo– en y entre diferentes lugares, definiendo una curva de nivel de dicho asunto. Es posible imaginar lugares mapeados y conectados por medio de múltiples curvas de nivel, cada una marcando un terreno potencial de políticas translocales.

En otras palabras, el proyecto político, teórico y metodológico que promuevo es uno que construye contratopografías que analíticamente vinculan diferentes lugares con el objetivo de delinear los contornos de las luchas comunes e imaginar un tipo diferente de respuesta práctica a los problemas que enfrentamos. Es la imaginación geográfica de las topografías y contratopografías lo que me parece especialmente fascinante. Si la topografía se basa en la inseparabilidad entre la descripción y el propio paisaje, la contratopografía consiste en trazar contornos analíticos entre lugares que normalmente se consideran como lugares desvinculados. Ambas ofrecen medios para construir una respuesta práctica, vigorosa y geográficamente imaginativa a los procesos contemporáneos de la globalización, los cuales no solamente dan por sentado tales distinciones, sino que son destructivos debido a que se empeñan en aislar lugares con problemas comunes e intereses compartidos. 

Aparte de incentivar la imaginación geográfica, la producción de topografías y contratopografías también parte de las percepciones y labra los fundamentos de los saberes multi-situados. De este modo, el proyecto se sostiene en la insistencia marxista y feminista de que aquelles que están dominades, oprimides y explotades tienen una perspectiva privilegiada sobre estos procesos, el funcionamiento del poder y la desigualdad que los posibilitan (cf., por ejemplo, Haraway 1988; Hartsock 1984; Marx y Engels 1976; Mohanty 1988). El conocimiento situado se basa en una ubicación particular e identificable con respecto a las relaciones de producción y reproducción. La movilización de estos conocimientos a través de espacios y escalas ofrece la posibilidad de establecer conexiones políticas lo suficientemente ágiles como para contrarrestar las maniobras del capital bajo las condiciones que impone la globalización. Sin embargo, el conocimiento situado por sí solo no es suficiente, y como concepto puede incluso haber empezado a coartar nuestra imaginación política.

El conocimiento situado, al igual que la teoría del punto de vista (standpoint theory),

asume el conocimiento desde un único punto, desde el sujeto conocedor, y la particularidad de la visión de ese sujeto es tanto su fuerza como su caída. Si la brillantez de la idea del conocimiento situado consistía en dejar claro que todo lo que se ve y todo lo que se sabe proviene de algún lugar, y que ese lugar está constituido socialmente, permitiendo y obstruyendo percepciones particulares, las implicaciones de los lugares, subyacentes al conocimiento, han producido otros problemas. (Katz 2001a:1230)

En primera instancia, si bien lo situado hace alusión una ubicación, esta se basa principalmente en la noción marxista-feminista del punto de vista y, por lo tanto, reside en un sujeto conocedor. Esta idea tiene paralelismos con la abstracción de la «posición del sujeto» (cf. Hartsock 1984; Henriques et al 1984; Katz 2001a). Sin embargo, en los mapas topográficos, la «posición del sujeto en el paisaje es un punto y, en consecuencia, un espacio de dimensión cero» (Katz 2001a:1240). La dimensionalidad es descartada por el lenguaje de la posición, el sitio y lo situación. No es casualidad que esto haya conducido a una política que, por un lado, o se fundamenta en la «diferencia», o por otro lado, la discute tan finamente que se convierte más en un fin que en un principio. Incluso así, las abrumadoras y confusas resoluciones a los problemas que la “posición del sujeto” plantea a la política de la identidad (como la interseccionalidad, la subjetividad móvil y las identidades múltiples) siguen residiendo, de forma reveladora, en el sujeto individual, que debe moverse, dividirse o multiplicarse para ser sensible y suficientemente complejo (cf., por ejemplo, Crenshaw 1995; Fuss 1991; Trinh 1989).

En segunda instancia, se hace asume que el conocimiento situado tiene una espacialidad implícita. Sin embargo, aunque «situado» sugiere la existencia de algún lugar, en realidad no se refiere a ningún sitio en particular. Su ubicación es relacional y abstracta; carece de las cualidades (y los problemas) de una geografía específica. Si bien el discurso de los «sitios» y «espacios» ha sido productivo para establecer nuevas alianzas políticas o para pensar en nuevas estrategias de compromiso (yo misma he participado en tales esfuerzos), estas respuestas políticas se debilitan porque no logran lidiar con la forma en que las geografías históricas específicas encarnan, reproducen y fortalecen las relaciones sociales de poder y producción (cf., por ejemplo, Anzaldúa 1987; Bondi 1993; Katz 1992; Trinh 1990). «Por último, lo situado se refiere simultáneamente a algo universal –todo está en algún lugar– y algo específico –hasta el punto de ser de dimensión cero (zero-dimensional)» (Katz 2001a: 1230-1231). El lenguaje de lo situado tiende a asumir una extensión no problemática que parte del sitio, o del sujeto, hasta lo global, cuando en realidad la elaboración de esta traducción es un proyecto de carácter determinantemente político.

La topografía, en cambio, consiste en un análisis histórico del proceso social que ocurre en el espacio tridimensional. Las topografías críticas parten de la base de que el espacio produce y refuerza relaciones sociales desiguales. El cambio de las relaciones sociales requiere e impulsa la transformación de sus bases materiales. Las topografías pueden iluminar estos procesos espacializados y sacar a relucir sus conexiones a través de diversas geografías, potenciando una política imaginativa que articula múltiples escalas e impulsa una forma de translocalismo enraizado (cf. Marston 2000; Smith 1992). Trabajar en contra de las maneras cómo el capitalismo globalizado se extiende y se sostiene a través de  relaciones de poder desiguales de género, raza, clase y nación, en diferentes geografías históricas, es una política que a la vez aclara e interviene las líneas que conectan diferentes formaciones sociales y sus geografías dispares. Se trata de una política que se pregunta qué conexiones pueden existir entre las fábricas de explotación de Bangladesh, las maquiladoras de México y los campos de trabajo de las prisiones de Estados Unidos, o entre Sudán, tras el ajuste estructural, la Gran Bretaña, tras las reformas al sistema de bienestar, y Brasil, tras las reformas neoliberales. Hacer topografías no solo nos conduce a plantearnos estas preguntas. También nos ofrece los medios para responderlas de una forma tan localizada y abstracta como aquellos lazos que unen lugares y circunstancias aparentemente diferentes. Un amplio proyecto topográfico también nos permite plantear análisis y tejer solidaridades en los puntos que anudan las curvas de nivel.

He intentado trazar una curva de nivel de este tipo entre dos lugares en los que he realizado trabajo de campo con jóvenes: una aldea en el centro de Sudán, a la que llamo Howa, y el Harlem, en el norte de Manhattan (Katz 1998a). Mi investigación examina y vincula los tipos de desplazamiento experimentados por los jóvenes de ambos lugares ante la desfinanciación generalizada que viven sus comunidades. En Nueva York, analicé los efectos de la reestructuración económica en les niñes y adolescentes de la clase trabajadora. Fundamentalmente, estos efectos se reflejaron en el declive de la industria manufacturera. En este contexto, presté especial atención a los recortes del salario social, lo cual profundizó una prestación desigual de la educación e implicó recortes en la financiación de la vivienda pública, los espacios públicos, la sanidad y la asistencia social. La gravedad de estos recortes fue suficiente para que se promovieran procesos de privatización desde muchos sectores. Este trabajo sirvió como contrapunto a mi trabajo anterior, y aún en curso, en Howa, en donde analicé cómo la reestructuración económica, que fue presentada como un proyecto de «desarrollo», socavó los medios de reproducción de las relaciones locales y los medios de producción establecidos desde hacía mucho tiempo, sin proporcionar inversiones nuevas o compensatorias a la reproducción social. En ambos lugares, numerosos grupos de jóvenes que llegaban a la mayoría de edad se enfrentaron a las limitaciones producidas por estos cambios político-económicos a gran escala, con sus respectivas consecuencias locales. Para un número cada vez mayor de jóvenes en ambos espacios, todas los horizontes de futuro estaban descartados, lo que los dejaba con pocas posibilidades de obtener un empleo estable –y mucho menos valioso o significativo- en su vida adulta. Además, había indicios en ambos lugares (como en otras partes) de que ciertos segmentos de la población «excedente» habían sido «represados» (warehoused), como una cuestión de política estatal, en las cárceles (además del ejército y las universidades) en Estados Unidos y en «milicias populares» cuasi-gubernamentales en Sudán. Y a pesar de ello, los habitantes de Harlem y Howa se han organizado para hacerle frente a las diferentes condiciones que viven y, en algunos casos, para resistirse a ellas.  Diversas prácticas cotidianas complementan y sostienen sus esfuerzos conscientes de cambio y demuestran una resistencia asombrosa entre los miembros de cada comunidad (cf. Katz 2001a).

Al principio, pensé en la comparación entre Howa y Harlem de forma secuencial, como una manera de estudiar los desplazamientos y otros cambios que experimentan los niños en la transición «de una economía agrícola a una industrial y de una economía industrial a una postindustrial» (Katz 2001a:1232), tal y como previamente lo había conceptualizado. Sin embargo, un análisis topográfico obliga a entender espacialmente estas cuestiones como simultáneas y entrelazadas. Al revelar la simultaneidad de diferentes tipos de alteraciones e interrupciones, las topografías responden a la extraordinaria observación de que ahora es «el espacio, no el tiempo, el que nos oculta las consecuencias» (Berger 1974:40; cf. Soja 1989). Sostengo que si los trastornos en la reproducción social en Howa y Harlem son efectos localizados de un conjunto de procesos comunes, entre ellos la globalización de la producción capitalista. Así, la movilización política para desafiar dichos procesos debe tener sensibilidades globales similares, incluso si sus motivaciones son locales. Los intereses que aquí se plantean trascienden las especificidades de cualquier lugar específico, aunque tengan diversas variaciones locales, y por tanto difieren de las políticas basadas en lugares concretos. Este proyecto tampoco busca construir coaliciones entre diferentes lugares, por muy crucial que lo sea.

Dado que la globalización es una abstracción que tiene múltiples formas, las luchas para contrarrestarla tienen que movilizar abstracciones equivalentes. Sin embargo, como la globalización inspirada en el capital reelabora las bases materiales de la vida social, cualquier respuesta que se le enfrente debe ser de carácter material. Desde las topografías locales se puede proporcionar esta base. Partiendo de su yuxtaposición, las contratopografías pueden ofrecer el tipo de abstracciones necesarias para reimaginar y reelaborar la globalización y sus efectos. A través de descripciones densas de las especificidades locales, un análisis que rastree las conexiones abstractas entre lugares dispares y una pizca de insurgencia, las contratopografías pueden revitalizar la praxis geográfica. Tal vez, estos esfuerzos puedan inspirar y movilizar nuevos tipos de solidaridades internacionales, a la vez específicas y fluidas, que puedan contener, enfrentar y contrarrestar al vagabundo en todos los diversos lugares a los que quiere llamar su casa.

Agradecimientos

Una versión anterior de este artículo fue presentada como la “Conferencia Antipode 2001” en las reuniones anuales de la Royal Geographic Society/Instituto de Geógrafos Británicos en Plymouth, Inglaterra. Agradezco a Jane Wills la invitación y a Antipode por patrocinar mi vista. Igualmente agradezco al público por sus estimulantes y reflexivas preguntas. Como siempre, mi agradecimiento a Neil Smith, quien hace meses me empujóó a repensar el conocimiento situado.

Este artículo está dedicado con cariño a la memoria de James Blaut y Graciela Uribe-Ortega, dos de las geógrafas de la liberación más enérgicas, imaginativas y decididas que he conocido. Su energía revolucionaria, su rápida y aguda perspicacia política y su voluntad de luchar, a un gran costo personal, por la igualdad, la justicia y la libertad serán siempre una inspiración.

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Notas

Notas
1  Esta sección se basa en gran medida en mi artículo «On the Grounds of Globalization: A Topography for Feminist Political Engagement» (Katz 2001a), en el que desarrollo una «topografía» de la globalización y discuto en mayor detalle las ideas sobre topografías y contra topografías que presento aquí de forma más esquemática.