Notas sobre las imágenes de este númeroTiempo: 2'

Juan Diego Pérez Moreno

Tomé estas fotos en el invierno austral de 2018 en San Pedro de Atacama, al norte de Chile. Estuve casi dos semanas solo en este pueblo envuelto por la presencia distante y majestuosa de la cordillera. Llegué sin plan en mano y rápidamente mi tiempo se fue llenando de recorridos más o menos improvisados por los alrededores. Caminé durante muchas, muchas horas por las calles de piedra de San Pedro y por el desierto más árido del planeta. Ni una nube nunca arriba, ni un rastro de agua en la inmensidad del aire. Caminé desde el amanecer hasta que el sol teñía de rojo los nevados a lo lejos antes de dar paso a la luz fría de la luna y las estrellas. De esas horas sólo recuerdo el brillo quemante de los rayos en la madrugada y el tacto del viento denso de la zona, que lo cubría todo con una fina capa de polvo ocre. No recuerdo mucho más con claridad; las imágenes que se quedaron conmigo, y que todavía me habitan con algo de ese brillo y ese viento, lo hacen con la íntima extrañeza de una experiencia ajena, casi irreconocible, que sin embargo se ha vivido en el cuerpo propio. Nunca he estado tan solo, tan lejos y a la vez tan dentro de mí mismo, como lo estuve en esos días. Estuve solo, puedo escribir ahora, como se está solo cuando, justo por su peso en cada paso, en cada exhalación, en cada sueño, la soledad misma ya no puede nombrarse. 

Solo en el silencio ahogado de una soledad sin nombre.   

El ojo que miró a través del lente de mi cámara ese invierno es un ojo que pobló el espacio de su visión sustrayéndose de ella. El abismo que se abrió con esa fuga, con la gravedad de su vértigo hacia adentro, es el que acaso se revele en estas fotos. Hoy mi ojo recorre con sorpresa y miedo, cómo negarlo, el espacio de su visión—la suya ahora, pero también la del ojo retirado, abismado, que lo recorrió primero—y siente que es el ojo de un desconocido el que lo mira de vuelta. Algo, alguien me devuelve la mirada en el sopor de unos perros a lado de la iglesia, en el resplandor de la laguna entre las espigas, en la cruel belleza de las rocas y sus templos de colores, en el abandono compartido de las plantas, en la fragilidad del tiempo entre los muros, en los años de su piel cuarteada. En esa mirada que retorna desde ninguna parte, en su ubicuidad y su silencio de cielo abierto, mi cuerpo hoy puede escuchar a veces el eco de una soledad que no recuerdo pero que tampoco olvido: una soledad impropia e inapropiable. Puedo acompañarla, puedo acompañarme, al sentir su punzante presencia a pesar a todo. Puedo sentir su llamado como sé que sentí, sin saberlo entonces, el murmullo de los ríos subterráneos que corren bajo la arena, la sal y los huesos solitarios de las dunas del sur. Y puedo responder.