Lectura importante para quienes van a ser madres por primera vez: sobre la lactanciaTiempo: 7'

Autor imagen: Juan Diego Pérez Moreno

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Juliana Echeverry

Si algo me encanta del feminismo es que no es una doctrina acabada, sino en continua construcción. Creo que el feminismo da cabida a múltiples y diversas voces, luchas e inquietudes. Da cabida a grupos poblacionales distintos y su acento cambia cuando cambia el lugar y el momento desde el cual se habla. Intuyo que este “polifonismo” se debe a que el feminismo ha venido mutando desde su origen, en función de algunas metas alcanzadas (por las cuales sería infructuoso seguir peleando –y esto es realtivo dependiendo del contexto desde cual se hable-) y de los nuevos problemas que acarrea el presente y su sistema imperante. Por supuesto, ésta es una visión muy personal y la traigo a colación únicamente porque es la razón por la cual soy feminista y porque considero que explicitarlo es de suma relevancia para éste y otros textos de los cuales soy autora.

Cuando me volví feminista pensaba que una de mis apuestas más coherentes con mi idea de feminismo era quitarle a mi cuerpo el imperativo de deber ser madre por el hecho de ser mujer.

Ahora que soy madre, he debido replantear esa idea (ya imposible de ejecutar) y concentrarme en dos nuevos esfuerzos que considero igual o más potentes que el anterior. Para mí ser madre feminista supone por lo menos dos cosas: decir a las mujeres, que no han sido madres, la verdad sobre la maternidad y ser solidaria con quienes sí lo son.

Esta es la razón por la que tengo un blog. En eso he enfocado una parte de mi ser intelectual y social pues, en la corta experiencia que tengo como mamá, he tenido que enfrentar todos los días el hecho de no haber tenido nunca acceso a la verdad de lo que acarrea esta difícil función social. Por eso hablo desde la lectura más realista posible de mis vivencias y con el objetivo de quitar al menos un poco del velo romántico que muchas veces sostiene ese mito llamado maternidad.

En esta ocasión, me gustaría hablar sobre un tema que tengo en el tintero hace mucho tiempo: la lactancia.

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Voy a empezar haciendo una aclaración. Antes de estar embarazada, jamás pensé en la lactancia. Nunca tuve ninguna apreciación al respecto, además de estar en desacuerdo con quienes estaban en contra de hacerlo en público, pero por puro sentido común (pues nada más estúpido y perverso que ponerle límites a un derecho tan básico como el de alimentarse). Más allá de eso, nada.

Fue durante mi embarazo que empecé a construir una idea sobre la lactancia y es eso lo que me permite hacer más rastreable en qué se basó esta construcción. Cuando estás en embarazo, te hablan reiteradamente sobre tres ventajas de la leche materna. La primera es que es la mejor fuente de defensas y alimento que puedes darle a tu hijo; la segunda es que siempre está lista; y la tercera es que es gratuita. Además de esto, obviamente te hablarán del vínculo madre-hijo(a) que se teje y de algunos beneficios que la lactancia trae para tu propio organismo. Todo es cierto. Y todo lo creí. Y por todas esas razones me propuse amamantar a mi hijo bajo cualquier circunstancia.

Recuerdo que en una de las sesiones del curso psicoprofiláctico, le pregunté a la enfermera que lo dictaba, cuánto tiempo era posible extraer la leche materna, dado el caso de que por alguna razón el proceso de la lactancia no se diera bien. Su respuesta fue clara y concisa. Textualmente, la enfermera me dijo: “no existe ninguna razón por la cual la lactancia no se pueda dar”.

Una de mis pugnas con el dogma de la lactancia es precisamente ésa. Existen múltiples razones por las cuales la lactancia no funciona del todo bien pero, muy probablemente, ni tu ginecólogo(a) o partera(o), ni la OMS, ni la enfermera que te atiende en el post-parto, las considerarán cuando intenten adentrarte en ella.

La primera dificultad es, sin duda, el dolor. Amamantar duele y mucho.

Quizás porque la palabra pezón sigue estando vetada en el discurso social, esto es más difícil aún de afrontar, de hablar, de indagar. La lactancia hace que los pezones se agrieten, y duelan, y sangren. Y el saber que la vida de tu bebé depende de aguantar ese dolor, hace que duelan más.

Duele saber que no puedes descansar unas horas de ese dolor porque si tu hijo prueba un tetero, tirarás todo tu esfuerzo a la basura (al menos eso es lo que te dicen).

Pero lo que más duele, es pensar que no podrás, aun cuando te han dicho que todas las mujeres son capaces, que es algo natural y que sólo depende de qué tanto puedes aguantar.

Y claro, teóricamente, después de haber probado que puedes pujar hasta sacar un bebé de tu cuerpo o que puedes aguantar un corte que te atraviesa de una cadera a la otra, ese dolor parecería una minucia. Pero no lo es. Al contrario. Ese dolor se hace más fuerte, porque estás cansada de soportar dolor, de no dormir y de tener miedo.

En mi caso, la lactancia funcionó, pero no sin pasar por innumerables inconvenientes -dolor, baja producción, eventuales congestiones, entre otros-. En un momento incluso pensé en desistir y esta angustiosa decisión estuvo acompañada de la siempre presente posibilidad de la leche fórmula como suplemento. Así lo hicimos. Empezamos, muy a mi pesar, a dar tetero a nuestro hijo y con ello logramos solucionar algunos problemas, entre ellos mi dolor y su hambre. Pero eso no duró mucho. Después de su primera vacuna no quiso volver a probar ni la leche de fórmula, ni el tetero. Fue así como retomamos la lactancia exclusiva, que continuó hasta sus seis meses. E incluso hasta hoy, que mi hijo tiene quince meses, sigo amamantándolo a la hora de dormir, cuando está enfermo o cuando tiene algún dolor.

La lactancia ha sido una ayuda de la que no sé si hubiera querido prescindir, pero no por ello soy incapaz de ver sus defectos y es de eso de lo que quisiera hablar.

Cuando aprendí sobre los beneficios de la lactancia, la primera pregunta que llegó a mi mente fue por qué algunas mujeres no lo hacían si era tan fácil y traía tantos beneficios. En mis cuestionamientos recibí algunas respuestas. La más frecuente era que en el post-parto se habían presentado problemas, que la leche no había bajado y habían tenido que recurrir al tetero, entorpeciendo así el proceso. Otras mujeres me contaron que habían sido víctimas del mito de que la lactancia dañaría sus senos y por eso habían renunciado a hacerlo. Otra mujer me contó que en su época se decía que la leche materna no era suficientemente buen alimento -supongo que esto hizo parte del posicionamiento de la leche de fórmula-, entonces muchas mujeres contemporáneas a ella ni siquiera lo intentaron. Y, por último, otra de las razones que escuché, hacía alusión a la “esclavitud” que suponía la lactancia, razón que en ese momento juzgué de egoísta. Tan egoísta como dar chupo, tetero y otras tantas herramientas que usan los padres y madres en otros tipos de crianza, menos dogmáticos que la que me tocó a mí.

Cuando escuchaba estas razones era inevitable hacer juicios de valor. Yo presumía diciendo a todas estas mujeres que yo sí lo haría y recitaba uno a uno los beneficios de la leche materna. Todas, con mucha condescendencia, aprobaban mi ímpetu y decían “sí, a mí también me hubiera gustado hacerlo”.

Creo que esas voces son la razón por la cual escribo. Porque nunca debí juzgar sus decisiones, como nadie debería juzgar las mías y las tuyas.

La lactancia, como la maternidad, debe ser una decisión deliberada y libre. Por eso creo que es un tema que debería estar en la agenda feminista.

La lactancia sí esclaviza. Porque el que tu hijo(a) dependa de tu cuerpo para alimentarse te obliga a estar presente el mayor tiempo posible, te obliga a cambiar tu alimentación, te obliga a renunciar a una copa de vino (o a hacerlo con algo de -o mucha- culpa), te obliga a prestar tu cuerpo siempre, a cualquier hora, todos los días, sin importar tu ánimo, tu cansancio o tu dolor.

Existe otro factor en la lactancia que no se trata mucho pero que es crucial: lactar agota.

En el mismo momento en que tu bebé se pega a ti, sientes un cansancio insoportable. He leído que esto se debe a una sustancia que emana de la leche materna y que produce sueño al bebé y a la mamá. Esto no sería un problema si cada vez que el bebé se alimenta o duerme, la mamá también pudiera descansar. Pero la mayoría de veces no es así. Generalmente después de dormir a tu bebé debes aprovechar el tiempo, que es muchas veces el único tiempo con el que contamos las mamás, para hacer todo lo demás. Y ese desgaste hace que no seamos tan efectivas como quisiéramos.

Entonces sí. La lactancia trae muchos beneficios para tu hijo(a) y para ti. La lactancia ayuda a tu cuerpo a deshacerse de una gran parte de los residuos que quedan en tu organismo después de la parto, te ayuda a perder peso, te ayuda a dejar de gastar cientos de miles de pesos en leches de fórmula, te ahorra a ti y a tu pareja el levantarse todas las noches a preparar teteros. Entre otras cosas. Pero igual duele, esclaviza y desgasta. En mi caso, mi hijo jamás quiso volver a probar un tetero, nunca probó un chupo, y eso ha hecho que deba pasar mucho más tiempo a su lado que otras madres; ha hecho que tenga que abandonar más cosas de las que hubiera querido y ha hecho que tenga un hijo sano y tranquilo, que podría ser distinto (o no) si no hubiera tomado la decisión de continuar con la lactancia a como diera lugar.

Pongo entonces estas palabras a su consideración, no para que desistan de lactar a sus hijos(as), sino para que sean un poco más condescendientes con ustedes mismas a la hora de pasar por lo que en esta entrada les cuento. Y para que cuando hablen con otra mamá que no lo haya logrado, entiendan también sus razones, y sepan, antes que nada, que decidir lactar o no, no es una cuestión de terquedad o negligencia, sino el producto de múltiples factores en juego.

Por último, les invito a que me cuenten sus historias y a que me escriban si puedo serles útil de alguna manera. 

A propósito de la autora


Mi nombre es Juliana Echeverry. Soy comunicadora social de la Universidad del Valle y Mg. en Antropología Visual de FLACSO – Ecuador. Me desempeño como fotógrafa y realizadora audiovisual. Hago parte de la Asamblea General de la Corporación Centrap, una ONG radicada en Bogotá y especializada en temas de género y educación popular. Actualmente coordino un proceso de formación en documentación audiovisual de procesos sociales y culturales, llamado Etnografías Audiovisuales.
Además de esto, soy madre de un niño de dos años, llamado Emilio. Esposa de un guitarrista, llamado Rafael y autora del blog “paraquetenerunblog”:
https://paraquetenerunblog.wordpress.com/
julianaecheverry@gmail.com