Invitación: la diversidad sexual como herramienta de lucha políticaTiempo: 7'

Autor imagen: Juan Diego Pérez Moreno

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Jenny Vanessa Muñoz
Socióloga UCC, Especialista en Derechos humanos CLACSO
Estudiante de Especialización en Estudios de género- UNAL

La diversidad sexual ha sido objeto de debates al interior del campo de los estudios feministas y de género. Desde algunas interpretaciones se plantea que el sexo y el género son construcciones sociales que se configuran históricamente en un marco sociopolítico ampliado  (Scott, J. 1996, Rubin, 1975, Mathieu, 2005, entro otras). Otras perspectivas mencionan que, como categoría, el sexo  no solo es útil para desestabilizar formas naturalizadas de expresión biológicas del género, sino también  para comprender y problematizar la forma diferenciada a través de la cual nos relacionamos como seres sexuados (Braidotti, R. 2000, Fausto-Sterling, A. 2006, Gregori, N. 2006, entro otras). En la misma vía, otras perspectivas plantean que el género es una categoría que señala cómo la aparente estabilidad de las características sexuales se desdibujan, de manera inevitable, a partir de la porosidad implícita que supone la construcción colectiva de la identidades  (Godelier, M. 2000). Estas tres perspectivas son fundamentales a la hora de explorar el potencial de la « diversidad sexual » como herramienta de lucha política. Gracias a ellas, es posible comprender cómo la diversidad sexual es una noción enmarcada en contextos socio-históricos específicos que es necesario explorar con cuidado. A la vez, estas perspectivas nos permiten ubicar las demandas por la diversidad sexual cómo luchas en las cuales la reivindicación de una identidad de género supone poner en marcha luchas que, de manera simultánea y inevitable, desestabilizan y re-configuran la vida biológica de los cuerpos. Estas desestabilizaciones y reconfiguraciones, sin embargo, no son planas, fáciles, ni mucho menos evidentes. Y no lo son debido a que las normas y violencias de sexo-género silencian e invisibilizan las diferentes estrategias políticas que activamente las desnaturalizan. 

El propósito de esta breve reflexión es hacer una invitación para pensar en cómo las violencias de género se han posicionado, desplegado y sedimentado en los cuerpos que desean romper la normatividad social como estrategia de control y dominación. Es una invitación volcada a contribuir a la radicalización de una lucha política que está activa desde hace muchos años: el derecho a decidir sobre la sexualidad y las maneras en que esta se expresa. Así, se propone poner el foco, precisamente, sobre las relaciones de poder y de fuerza. 

Históricamente el cuerpo ha sido un objeto de luchas y tensiones. El cuerpo, dotándolo de significado para la acción política, se convierte en una herramienta política (Jiménez, C., 2015, pág. 56). Por ejemplo, en el marco del conflicto armado, el cuerpo de las mujeres ha sido usado como objeto de guerra y de control social, de modo que éste puede adquirir una función social específica de control y dominación que se expresa, entre otras, por medio de la violencia física y sexual. Desde una visión binaria, el cuerpo funciona como escenario doctrinal; por ejemplo, debe cumplir los estándares de fragilidad, sumisión e impotencia.  En contravía,  desde un punto de vista emancipador feminista, el cuerpo genera transformaciones sociales que parten y, a la vez, demandan la diferencia. 

Para el feminismo el cuerpo es un escenario fundamental de lucha y emancipación. El cuerpo es clave a la hora de problematizar todas las formas de opresión. Esto implica, que el cuerpo no funciona solo como depósito de imperativos sociales, sino que también puede ser concebido como una herramienta fundamental de la lucha política, en particular para quienes ocupan posiciones subordinadas en el orden de género heteronormativo y partiarcal. 

Tomemos como ejemplo, ahora, las experiencias de intersexualidad y las prácticas biomédicas. Como lo han demostrado diversos estudios, dichas prácticas pueden ser profundamente androcéntricas, puesto que las motivaciones para realizar cualquier intervención se fundamentan en criterios naturalizados del cuerpo (como la forma y el tamaño de los genitales), en imperativos sociales (tales como una comprensión de la sexualidad como invariablemente penetrativa y coito-céntrica) y en racionalidades estatales sustentadas en la reproducción: “si no hay posibilidades de construir un pene funcional, se asigna como mujer” (Citado en Gregori, 2006, pág. 110; Entrevista a AS, Mayo 2005). Así, una buena parte de las prácticas biomédicas que se ejercen sobre los cuerpos intersexuados actúan como estrategias complejas de implantación de la sexualidad heterosexual (heterónoma), con efectos “naturalizantes”. 

Las prácticas biomédicas son un ejemplo claro de la instrumentalización de las que son objeto los cuerpos por parte de la intervención biopolítica (Gregori, 2006). Especialmente sobre los cuerpos no-binarios se despliegan formas de violencia legitimadas socialmente debido a que son considerados como cuerpos « anormales ».  A estos cuerpos se les patologiza con el propósito de forzarlos a cumplir el “deber ser” de las normas hegemónicas del género. El objetivo último es que, en la medida de lo posible, se acomoden y puedan cumplir una función social de reproducción. Desde una perspectiva como esta, cualquier otra expresión de sexualidad resulta “antinatural”, pues atenta contra el mantenimiento del orden sexuado lo que, sin embargo, y de manera paradójica, las hace tan potentes. En efecto, según Sterling (2006), una de las más importantes referentes sobre los estudios de la intersexualidad, es posible concluir que este tipo de prácticas no son exitosas por el carácter performativo del género, es decir, por la capacidad de hacerlo transmutar de diferentes maneras. Tenemos así que, a la vez que las prácticas biomédicas a las que estamos haciendo referencia, movilizan y practican una serie de violencias, entre las que se encuentra la falta de consulta, vulnerando así su derecho a decidir sobre el propio cuerpo, simultanéamente este marco de injusticias puede propiciar el escenario de la lucha política que movilizan los cuerpos (Sterling, 2006, pág. 113).

Además de la intersexualidad, la transexualidad nos permite pensar en múltiples elementos y formas de violencia que tienen como objetivo principal contrarrestar la expresión de identidades sociales que no se adaptan a la norma heterosexual y, por ende, que no están en función de la reproducción ni de la especie ni del orden heteronormativo. Por esta razón, el nombrarse- trans, bi, queer- genera exclusiones, desigualdades y  limitaciones para el ejercicio de lo público, y a la vez genera exigencias políticas y luchas contra las raíces y los efectos de esas relaciones de subordinación y opresión. 

Tenemos pues, aunque los dos ejemplos sean completamente diferentes, no solo por sus efectos sino por los sujetos y las posiciones que ocupan en las relaciones de poder y, consecuentemente, en sus agendas políticas, los dos tienen en común el uso de la violencia que se ejerce contra los cuerpos no-binarios y no-normativos, como mecanismo de dominación e integración a la sociedad. Y, más importante aún, dichas existencias y sus luchas son ejemplos de la transgresión del sistema heteronormativo.

En la misma vía que los cuerpos trans e intersexuados, históricamente el cuerpo de las mujeres ha sido objeto de manipulación, control y dominación. Con el propósito de moldear y facultar sus cuerpos específicamente hacia capacidades reproductoras, la caza de brujas constituyó no solamente el epistemicidio -muerte epistemológica- de todo un entramado de conocimiento y saberes, sino también un mecanismo, evidentemente violento, que agrupó a las mujeres y las categorizó de tal manera que se homogeneizó su corporeidad hacia formas normativas de ser y sentir (Federici, 2010, pág. 62). Partiendo de las experiencias de opresión y de lucha vivido por mujeres, intersexuales y trans, es importante hacerle frente al patriarcado como un sistema de dominación que roba y expropia cuerpos. 

Como lo hemos mencionado antes, cuando se desata la violencia con fines de normalización social, ésta también suscita estrategias de confrontación que tienen como objetivo propiciar cambios en la manera cómo se conciben los cuerpos, las relaciones,  la sexualidad, el amor, etc. En este escenario, el cuerpo tiene la capacidad de articular las luchas desde el concepto de diversidad, de manera que actúa como un movilizador de la diferencia, con el fin de cuestionar críticamente las prácticas de violencia corporal. Se trata de luchas que le apuestan a profundas transformaciones en las estructuras estatales, no solo en términos de políticas públicas de carácter legal y normativo que reconozcan la diversidad, sino también en términos de políticas públicas que también la reconozcan, la respeten y la promuevan radicalmente en su dimensión encarnada, anatómica y genética.

Para ir cerrando quiero sugerir que la diversidad sexual, como herramienta para la lucha política, debe desplegarse en la instituciones de socialización primaria (la familia) y secundaria (la escuela). Estas dos instituciones han sido clave en la reproducción de estereotipos y roles de género que no permiten un desarrollo social equitativo. Así, por medio de la diversidad sexual, considero que deben ser interpeladas con el fin de romper las cadenas de reproducción/producción cultural a las que estamos sometidos y sometidas. En este sentido, es pertinente señalar cómo desde pedagogías decoloniales, críticas y feministas se han planteado herramientas que, desde el escenario educativo, promueven nuevas formas de entendimiento de la diversidad sexual. Por ejemplo, la experiencia de la Institución Educativa Paulo Freire (2015) o del Bachillerato Técnico Comercial Santa Ana (2019) evidencian una preocupación por deconstruir los enunciados que justifican la discriminación y exclusión de grupos sociales –mujeres, indígenas, afrodescendientes, lesbianas, gays, entre otrxs.

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En términos de reivindicaciones sociales, las organizaciones sociales –de mujeres o LGTBIQ+– se han esforzado por desestructurar algunos imaginarios relacionados con el prejuicio hacia la diversidad sexual, así como por generar reflexiones y prácticas alrededor y sobre el cuerpo como herramienta para la emancipación. Por ejemplo, las colectivas Cartografía sur y Raras no tan raras –por mencionar un ejemplo– se han organizado en razón de la preocupación del cuerpo como escenario político y en la necesidad de enfrentar el sistema económico imperante-capitalista y neoliberal.

Por último, quiero invitar a pensar en el potencial político que tiene la diversidad sexual para movilizar perspectivas diferentes en el “ser” y en el “sentir”. Sería interesante indagar en algunas de esas perspectivas: rastrearlas, cartografiarlas, comentarlas, visibilizarlas. Esto, sin ninguna duda, puede hacer parte de investigaciones y apuestas feministas ya en curso y futuras. Pienso que mantener el debate en el campo político permite la ampliación y transformación de formas culturales que movilicen y deconstruyan los estereotipos que se han implantado en la cultura, especialmente porque a pesar de las potentes luchas que existen desde hace décadas, aún hoy persisten limitaciones que no permiten la participación política directa para las personas y los grupos no-binarios ni heteronormados. Así, las implicaciones y las maneras en que la diversidad sexual se configura como herramienta de la lucha política, constituyen elementos para un debate que sigue estando abierto y cuyo potencial en términos emancipatorios podemos desconocer.  

Bibliografía citada 

Federici, S. (2015). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Traficantes de sueños. 

Gregori, N. (2006). “Los cuerpos ficticios de la biomedicina. El proceso de construcción del género en los protocolos médicos de asignación de sexo a bebes intersexuales”. Revista de Antropologia iberoamericana. Volumen 1, número 1, Enero- Febrero 2006pp. 103-124.

Jimenez, C. (2015). “¿Es el cuerpo, lugar de lo político?. Reflexiones sobre el movimiento social de piernas cruazadas”. En Revista Latinoamericana de Estudios sobre Cuerpos, Emociones y Sociedad. N°18. Año 7. Agosto-Noviembre 2015. Argentina. ISSN: 1852-8759. pp. 56-65.

Sterling, A. (2006). Cuerpos sexuados. La política del género y la construcción de sexualidad. Traducción de Ambrosio García Leal. Editorial Melusina.

A propósito de la autora

Jenny Vanessa Muñoz. Socióloga de la Universidad Cooperativa de Colombia, especialista en estudios de género en la UNAL, docente de educación básica en el Colegio Santa Ana y educadora popular feminista de las colectivas Tejiendo Territorio y Chie- Resistencia feminista en el Municipio de Suacha.